Todo Estado debe ser necesariamente laico: El fracaso del Islam como gobierno (Video)

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Ningún Estado debe permitir la intromisión de una religión en asuntos de Estado, menos todavía, que la religión indique o maneje políticas de Estado. No es una consigna ilustrada vacía, sino una conclusión histórica.

Ya el poder en sí mismo es una tentación a la soberbia y a la codicia. Cuánto más lo es el poder teocrático donde sus líderes se tiñen de mesianismo. Algunos de los peores ejemplos de totalitarismo y violencia masiva aparecen cuando la religión se convierte en poder político. No se trata si es la Cruz, la Media Luna o la Estrella de David; porque las iglesias son por su naturaleza grupos de presión social y no factores de poder. Sin ser marxista, asumo que Karl Marx, tenía razón cuando sentenciaba que “La religión es el opio de los pueblos”.

Hasta la revolución de 1979, que depuso al Sha Mohamed Reza Pahlevi, Irán no era un país tribal ni atrasado. Tenía una burocracia estatal, universidades y desarrollo científico; el sistema teocrático inaugurado por el ayatolla Ruhollah Khomeini, lo redujo a un estado dictatorial donde hasta pensar costaba la vida. El problema no fue el Islam como fe, sino el Islam como Estado.

Tampoco el régimen del Sha de Persia era una panacea, cierto es que se avanzó hacia un modelo secularizante, se permitieron libertades, las mujeres hasta pudieron usar minifalda. Se fomentó la educación laica, la investigación científica y se integró culturalmente a Occidente, pero no era una democracia plena, aquel fue un régimen autoritario donde la policía -SAVAK- detenía, torturaba y asesinaba a opositores. Las desigualdades y la dependencia geopolítica promovieron un movimiento que derrocó al Sha y permitió el retorno de Khomeini que estaba exiliado en Francia. El remedio resultó peor que la enfermedad.

La diferencia conceptual y política es que el Irán del Sha miraba hacia adelante y el Irán de Khomeini miró hacia atrás.

Khomeini supo manipular el descontento social imponiendo a través del clero una sacralización del poder donde lo político quedó subordinado a lo religioso. Desde entonces, la mujer deja de ser ciudadana para ser campo de batalla simbólico, el cuerpo femenino se convierte en territorio del Estado, la disidencia es herejía, y la fe, una obligación legal.

Si bien aquello no fue un regreso literal al siglo VII, representó la conversión del pasado en ley presente. Ese modelo es el que ya se quebró.

Las protestas callejeras, lideradas especialmente por mujeres y jóvenes, no son sólo contra el uso del velo, sino contra la teocracia, contra la tutela moral, contra la censura a las ideas y a la expresión; en fin, contra un Estado que ya no representa a su sociedad real.  

Irán hoy es un país joven, urbanizado, conectado y culturalmente mucho más secular de lo que el régimen admite. Allí reside el nudo del quiebre entre el Estado y la sociedad. Esta vez, todo indica que el régimen teocrático iraní transita sus últimos momentos, porque cuando los pueblos hartan su paciencia y ganan la calle, es muy difícil que vuelvan a la paz.

Irán demostró que la fe puede convivir con la modernidad; lo que no puede convivir con ella es una religión convertida en Estado, porque toda teocracia termina odiando a su propio pueblo: el pueblo cambia, el dogma no.