POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
El problema de los gobiernos suele ser la comunicación política, precisamente, porque no tienen una política de comunicación. El caso del presidente, Javier Milei, no se inscribiría literalmente en este problema porque ha ganado el Sillón de Rivadavia en base una estrategia de comunicación disruptiva y novedosa, pero además del “como” también cuenta el modo. Aquí se está confundiendo “comunicación internacional” con “militancia global”.
El presidente, Milei, presentó nuevas cuentas oficiales de sus redes sociales en inglés, acompañadas de un video con una animación de su personaje “General Ancap”, un superhéroe libertario creado por él mismo que sirve de narrador del clip para el público angloparlante. El mensaje no está pensado para representar en crisis, sino para reforzar una identidad ideológica personal ante una comunidad digital afín. Esto tiene más de un influencer, no de un jefe de Estado en un país frágil.
“El video de presentación, protagonizado por el ‘General Ancap’, está publicado en el canal oficial en inglés del presidente en YouTube” — seguido del widget del video.
Ni siquiera a Donald Trump, se le ocurrió (todavía al menos) representarse con la capa de Superman volando sobre Venezuela o Groenlandia; esta representación no condice con un país como Argentina que no está en condiciones simbólicas de exportar épica pop, sino que está más bien en condiciones de pedir confianza, respeto y tiempo.
Que vivamos un tiempo donde todo valor está licuado y la masa poblacional argentina navegue hacia la nada, no quita que se mantenga el respeto por la investidura presidencial. Esto no es una cuestión de gusto, ni de edad, ni de modernidad. Es una cuestión de proporción histórica.
Cuando un país no logra aún mostrar señales claras de recuperación integral —no sólo económica, sino social y anímica—, la comunicación presidencial no puede jugar a la épica individual sin pagar costos culturales que se pagan no en la medición de encuestas sino en términos de desafección, distancia y descreimiento.
El país arde y el horizonte es crítico
Los teóricos del gobierno libertario exhiben indicadores puntuales que muestran mejoras técnicas y blanden estadísticas “más ordenadas” como equilibrio fiscal, desaceleración inflacionaria en determinados meses, etc.; pero lo que no hay es un sentimiento social anclado en la esperanza. Las empresas siguen cerrando, el mercado laboral se achica y las oportunidades se desvanecen. Esta es la realidad.
Conducción es comunicación
Un país está mejor cuando los factores de crecimiento se palpan en todas las capas de la sociedad, no cuando mejoran algunos números. Entonces, el discurso presidencial debe ser coherente con lo que la sociedad percibe, caso contrario, la figura del mandatario se aleja y en ese imaginario colectivo se percibe que se desliga del clima social.
Entonces es cuando un “superhéroe animado” no coincide con el registro frente al momento histórico. Porque un personaje que vuela y tiene superpoderes, se entiende que puede solucionarlo todo. Desde Súperman hasta el Capitán América, estaban siempre prestos a “desfacer entuertos” -diría El Quijote de Cervantes-, pero en Argentina este no vendría siendo el caso con este “Milei volador”.
No se puede presentar un tipo de héroe cuando tenemos jubilados empobrecidos, docentes precarizados, jóvenes sin horizonte, provincias asfixiadas y un tejido social fatigado.
La teoría del “SúperYo”
Sabemos, ya hemos comprobado, que Milei, es un megalómano de carácter inestable y equilibrio mental dudoso. Presentarse como el “General Ancap”, un superhéroe libertario creado por él mismo para el público angloparlante, desnuda la construcción de un exaltado. No simboliza reconstrucción; simboliza autocelebración.
El problema de fondo: confundir audiencia con Nación
Se confunde aquí “comunicación internacional” con “militancia global”. El personaje no representa a un país cuasi destruido sino que pretende reforzar una identidad ideológica personal pensada para una comunidad que no es la argentina. El pensamiento de Milei tiene más de influencer que de presidente de la Nación.
La Argentina no está en condiciones simbólicas de exportar épica pop. No es una cuestión de gusto, ni de edad, ni de modernidad. Es una cuestión de proporción histórica.
Cuando un país no logra aún mostrar señales claras de recuperación integral —no sólo económica, sino social y anímica—, la comunicación presidencial no puede jugar a la épica individual sin pagar costos culturales.
En tiempos de derrumbe real, un país no necesita un presidente que vuele, sino uno que se quede, mire alrededor y cargue con el peso de la tierra que pisa.
