POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Hablemos hoy de música militar argentina. Este sería un espacio interesante para desplegar cómo evolucionó desde el rústico tambor y algún violín al modelo sinfónico cuando los italianos a fines del siglo XIX, trajeron los bronces.
Pero centremos la atención en la conocida Marcha San Lorenzo. Hay músicas que nacen con destino local y otras que, sin pedir permiso, cruzan fronteras, ejércitos e ideologías. La Marcha San Lorenzo pertenece a esta segunda estirpe: una obra concebida para homenajear el bautismo de fuego de San Martín y que terminó sonando —por una ironía feroz de la historia— en la entrada de las tropas nazis a París.
Compuesta en 1901 por Cayetano Alberto Silva, músico de origen uruguayo radicado en la Argentina, la marcha no tardó en ser reconocida por su potencia rítmica, su equilibrio formal y una nobleza melódica que la colocó entre las grandes marchas militares del mundo. Tan grande, de hecho, que fue adoptada y ejecutada en ceremonias oficiales de distintos países europeos mucho antes de la Segunda Guerra Mundial.
El 14 de junio de 1940, cuando el ejército alemán ingresó a la capital francesa, la Marcha de San Lorenzo fue una de las piezas interpretadas. No por afinidad ideológica, no por un guiño a la Argentina ni —mucho menos— a San Martín. Sonó porque ya era considerada una de las marchas militares más prestigiosas jamás compuestas.
La paradoja es casi insoportable: una música nacida para celebrar una gesta libertadora acompañando el paso de un ejército de ocupación.
Pero la historia de una obra no siempre coincide con el uso que se hace de ella. Y la música, a diferencia de los hombres, no es responsable de quién la toca.
La Marcha de San Lorenzo no fue escrita para conquistar París ni para glorificar imperios. Sobrevivió a esa apropiación circunstancial y regresó —como regresan las obras verdaderamente grandes— a su significado original: el de la memoria, el honor y la fundación.
En ese cruce de músicas y relatos aparece otra marcha, igualmente conocida: Alten Kameraden (Viejos camaradas), compuesta en 1889 por el alemán Carl Teike. Una marcha vibrante, de camaradería marcial, que el Ejército Argentino adoptó como parte de su repertorio tradicional y que aún hoy resuena en actos y desfiles.
Durante años circuló una historia —persistente, elegante, difícil de verificar— según la cual el gobierno alemán habría ofrecido Alten Kameraden a la Argentina como gesto de desagravio por haber utilizado la Marcha de San Lorenzo en la entrada a París. Los archivos no confirman de manera concluyente ese acto diplomático, pero el relato persiste.
Y las leyendas, aun cuando no puedan probarse, dicen algo. Dicen que San Lorenzo nunca fue una marcha más. Dicen que incluso en la confusión de la guerra, su música fue percibida como algo que merecía respeto.
Tal vez Alten Kameraden llegó como desagravio. Tal vez llegó simplemente por admiración musical. Poco importa. La historia cultural no siempre se escribe con decretos; a veces se transmite como una memoria compartida, un gesto simbólico, una forma de cerrar una herida sin necesidad de documentos.
Lo verdaderamente indiscutible es que la Marcha de San Lorenzo sobrevivió a los nazis, a las apropiaciones indebidas y al paso del tiempo. Sigue sonando donde debe: como homenaje a una gesta fundacional y a una idea de libertad que ningún ejército pudo secuestrar.
La música, como el agua, en la historia, siempre termina volviendo a su cauce.
