POR LA DRA. CLARA INÉS FERREYRA* – www.ernestobisceglia.com.ar

En los últimos años, la consulta en salud mental infantil y adolescente se ha visto atravesada por un fenómeno cada vez más frecuente: niños ansiosos, irritables, con dificultades para concentrarse, dormir y tolerar la frustración. La pregunta que suele aparecer de inmediato es qué diagnóstico corresponde. La pregunta correcta, sin embargo, debería ser otra: ¿qué mundo les estamos ofreciendo para crecer?
Vivimos en una sociedad exhausta. Padres y madres sobrecargados, jornadas laborales extensas, incertidumbre económica, vínculos frágiles y una sensación permanente de llegar tarde a todo. En ese contexto, la crianza se vuelve una tarea solitaria y muchas veces culposa. Y allí, silenciosamente, aparece la pantalla como sustituto: calma, entretiene, ocupa, distrae. Pero no educa, no contiene y no pone límites.
La infancia necesita adultos disponibles, no perfectos. Necesita presencia, palabra, sostén emocional y frustraciones dosificadas. Cuando esto falta, el sistema nervioso del niño queda expuesto a una estimulación constante sin regulación externa. El resultado no es rebeldía ni “mala conducta”: es ansiedad.
Las pantallas no son el problema en sí mismas. El problema es cuando se convierten en recurso central de crianza, cuando reemplazan el diálogo, el juego compartido, el aburrimiento creativo y, sobre todo, el límite. Un niño sin límites no es un niño libre: es un niño desorientado. Y la desorientación genera angustia.
Asistimos así a una paradoja inquietante: nunca hubo tantos recursos tecnológicos para el entretenimiento infantil y, sin embargo, nunca hubo tantos niños emocionalmente desbordados. El síntoma no está sólo en ellos; está en una sociedad que delegó la función adulta en dispositivos y algoritmos.
Desde la clínica, es fundamental evitar una respuesta simplista. No todo niño ansioso necesita medicación. Muchas veces necesita algo más básico y más difícil: adultos que puedan sostener, decir no, tolerar el enojo del hijo, frustrar sin culpa. La función adulta no es evitar el malestar, sino enseñar a transitarlo.
Pensar la salud mental infantil implica mirar más allá del individuo. Implica revisar los modos de vida que estamos naturalizando. La ansiedad de nuestros niños no es un fenómeno aislado: es un síntoma social. Y como todo síntoma, no se resuelve tapándolo, sino escuchándolo.
Tal vez el mayor desafío de esta época no sea criar niños felices, sino criar niños acompañados. Porque donde hay presencia adulta, la ansiedad encuentra límite. Y donde hay límite, hay cuidado.
(*) Dra. Clara Inés Ferreyra
Psicóloga (UBA), Doctora en Psicología y docente universitaria. Especialista en adolescencia, salud mental comunitaria y problemáticas sociales contemporáneas. En esta columna abordará el malestar psíquico desde una perspectiva social, ética y no reduccionista.
