POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Otra vez la Patagonia arde. No es una metáfora: es fuego real, bosques arrasados, fauna destruida, familias desplazadas, un daño ambiental que no se recupera con discursos ni con likes. Y, otra vez, frente a esa tragedia, el Presidente de la Nación no emite una sola palabra, no anuncia un plan de emergencia, no convoca a la sociedad, no encabeza ninguna respuesta institucional.
En cambio, la agenda oficial exhibe otras prioridades: selfies, influencers, provocaciones culturales cuidadosamente publicitadas. El contraste no es menor ni anecdótico; es moral. Un país en llamas y un presidente ausente.
Las dudas sobre el origen intencional de los incendios agravan el cuadro. No se trata ya de catástrofes inevitables, sino de hechos que abren interrogantes inquietantes: ¿qué intereses se mueven detrás del fuego?, ¿quién puede destruir territorio sin consecuencias?, ¿por qué cada temporada de incendios vuelve a insinuar el fantasma del negocio inmobiliario sin que el Estado investigue con la seriedad que corresponde?
A esto se suman denuncias públicas —nunca aclaradas ni desmentidas con la contundencia que exigiría la soberanía nacional— sobre presencias extranjeras recorriendo territorio patagónico, relevando, fotografiando, mapeando. También se anuncian acuerdos militares y cesiones de uso de instalaciones estratégicas sin debate público ni explicaciones claras. Todo ocurre en voz baja. Todo pasa sin que nadie, desde el poder central, sienta la obligación de dar respuestas.
Argentina no es un país sin historia. Somos herederos de una tradición política y cultural que entendió la Nación como proyecto colectivo, no como mercancía. Nuestra Bandera no fue un “muro” -como dice Milei-, fue símbolo de emancipación y dignidad, flameó en campos ajenos liberando pueblos, no defendiendo negocios. Ese legado puede discutirse, revisarse, incluso criticarse, pero no ignorarse ni despreciarse.
Lo que inquieta no es sólo una política económica o una orientación ideológica. Lo que inquieta es una insensibilidad estructural frente al territorio, la comunidad y el dolor ajeno. Un presidente que parece incapaz de conmoverse ante el incendio de su propio país. Un poder que gestiona números pero no registra heridas.
Y aquí aparece la pregunta más incómoda, la que excede a cualquier gobierno: ¿qué nos pasó como sociedad para aceptar todo esto con tanta apatía? ¿En qué momento empezamos a mirar la destrucción del país como si ocurriera “allá lejos”, como si no nos incluyera? La pérdida no es sólo ambiental o política: es moral. El concepto de comunidad ha desaparecido de los espíritus argentinos y el civilidad también.
En realidad, tenemos suerte de que el presidente Milei, le esté entregando todo el país a las potencias aliadas, por lo menos eso nos salva de un bombardeo o una ocupación militar directa.
Doscientos veinte años costó construir esta Nación, con errores, conflictos y grandezas. Este presidente se mofa de nuestros Próceres que murieron en la miseria por darlo todo a la Patria. Se orina -para usar un término suyo- en los patriotas de todas las épocas, incluso los de Malvinas.
Si, doscientos años costó construir este país. Desguazarlo no requiere tanto esfuerzo: alcanza con la indiferencia, el silencio y el cinismo. Porque Milei no es el destructor “per se”, al fin de cuentas, está terminando la tarea iniciado por otros hace décadas atrás.
La pregunta ya no es qué más puede perderse. La pregunta es cuánto más estamos dispuestos a tolerar sin reaccionar. –
