POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
La Sarabande de la Suite para clave en re menor de Georg Friedrich Händel, es una de las piezas más austeras, desnudas y trágicas del barroco. No tiene virtuosismo gratuito: es peso, gravedad, tiempo detenido. Hallamos en las opiniones de los críticos que era demasiado moderna emocionalmente para su época, demasiado existencial, “demasiado consciente del dolor y de la finitud.” De allí la frase: “no debió sobrevivir”.
La sarabanda nace en el siglo XVI como una danza provocadora, sensual, incluso obscena, al punto de haber sido prohibida en España por su gestualidad erótica. Con el tiempo, la danza fue domesticada, ralentizada y convertida —sobre todo en el Barroco— en un movimiento grave, solemne, introspectivo, casi fúnebre.
¿Por qué “no debió sobrevivir”?, en realidad, porque era una obra demasiado honesta, demasiado desnuda, demasiado humana para el decorado de su tiempo. Y sin embargo, sobrevivió, porque hay músicas que no pertenecen a una época, sino a la condición humana.
Según leemos, Händel escribió allí una herida, no una danza. Y las heridas —a diferencia de las modas— no envejecen.
Sus sones acompasados, lacerantes incluso, hacen de esta una obra que llega al alma, provoca inevitablemente un sentimiento de meditación que lleva a la admisión de los pecados de conciencia. Y eso, es algo que en todas las épocas resultó improcedente.
