No es ciencia ficción: El robot que viene a reemplazarte ya tiene turno asignado (Mirá el Video)

REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar

Durante años nos tranquilizamos con una idea cómoda: los robots podrán ayudarnos, asistirnos, imitarnos… pero nunca reemplazarnos del todo. La coartada era siempre la misma: somos imperfectos, sí, pero humanos; flexibles, creativos, irremplazables. Esa fantasía acaba de recibir un golpe seco.

En el CES fue presentado un robot industrial que no intenta parecerse a nosotros. Hace exactamente lo contrario. Parte de una premisa brutal: el problema no es la máquina, el problema es el humano.

Este robot gira 360 grados. No se lesiona. No se cansa. No pide descanso. Trabaja bajo lluvia, a temperaturas bajo cero o en calor extremo. Levanta 50 kilos sin fatigarse y, a diferencia de cualquier trabajador de carne y hueso, no necesita dormir ni detenerse a recargar energía: se cambia la batería solo, en segundos, más rápido de lo que cualquiera va al baño.

Puede completar 30.000 turnos de trabajo consecutivos sin una sola baja laboral. Sin vacaciones. Sin sindicato. Sin conflicto. Sin error emocional.

Mientras un operario humano tarda meses —o años— en mejorar su desempeño, este robot optimiza su eficiencia cada minuto. Y si uno aprende una mejora, no la guarda: la clona instantáneamente a todo el enjambre. La fábrica aprende en tiempo real. La productividad se ajusta segundo a segundo. El margen de ganancia crece sin pausa.

Aquí aparece la pregunta incómoda, la que nadie quiere formular en voz alta pero todos empiezan a calcular en Excel: ¿qué empresa va a elegir humanos ineficientes cuando puede tener máquinas infatigables?

No es un prototipo experimental. No es una promesa futurista. Llega en 2026. Y no viene a ayudar: viene a reemplazar. A ocupar el lugar del obrero, del técnico, del operario. A convertir al trabajo humano en una anomalía costosa.

El discurso edulcorado habla de “reconversión”, “nuevas oportunidades” y “trabajos creativos”. La realidad es más cruda: las fábricas no tienen nostalgia. No sienten culpa. No hacen homenajes. Optimizan. Y la optimización no tiene piedad.

Tal vez el problema nunca fue que las máquinas se parecieran demasiado a nosotros. Tal vez el verdadero peligro es que no se parezcan en nada.

Y entonces la pregunta final ya no es tecnológica, sino política, social y moral: cuando trabajar deje de ser necesario… ¿qué harán con los humanos que sobran?