Hay que leer a Perón pero no retornar a los peronistas

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

El drama argentino no es haber tenido a Perón, sino haberlo leído cada vez menos.

El peronismo, para la sociedad argentina, funcionó durante décadas como un plato con leche dejado al sol: atrajo a todos, alimentó a muchos y terminó pudriéndose. La imagen puede resultar incómoda, incluso ofensiva, pero alcanza con levantar la vista para advertir una evidencia difícil de refutar: el peronismo, tal como se lo conoció, ya no existe. Se acabó la leche, los “compañeros” pasan hambre y el país quedó en ruinas.

Sin embargo  -y aquí comienza la parte que incomoda tanto a propios como a ajenos- conviene separar el trigo de la paja. Una cosa es Juan Domingo Perón y otra, muy distinta, el peronismo realmente existente. Aunque a los Gorilas nos cueste admitirlo, Perón fue no sólo el líder político más influyente del siglo XX argentino, sino probablemente el presidente más culto que haya ocupado el Sillón de Rivadavia.

Leer a Perón no convierte a nadie en peronista. Ser peronista, en cambio, rara vez implica haber leído a Perón. O saber leer…

La contradicción es sociológicamente fascinante: ¿cómo un dirigente con una formación intelectual, filosófica y estratégica notable fundó un movimiento que, con el correr de los años, hizo de la ignorancia una identidad y del resentimiento un capital político?

Aceptemos, antes de que empiecen los insultos rituales, que durante el primer peronismo -el llamado peronismo clásico (1946–1955)- se produjo una expansión significativa del sistema educativo. Creció la matrícula en los niveles medios y técnicos, se impulsó la enseñanza técnica, se sancionaron normas estructurales como la Ley Guardo (1947) y la Ley Universitaria (1954), y el gasto educativo aumentó tanto en términos absolutos como relativos dentro del presupuesto nacional.

Los manuales escolares de la época -los célebres Manuales Estrada, algunos de los cuales conservo en mi biblioteca- eran verdaderas obras académicas: rigurosos, bien escritos, con contenidos sólidos en ciencias, lengua, historia, salud e higiene. Claro está: al final de cada capítulo aparecía la inevitable foto del General o de Eva Duarte, acompañada por un fragmento del Plan Quinquenal o de “La razón de mi Vida”, ese pequeño libro que compite seriamente por el título de texto más espantoso jamás impuesto a la lectura. Jamás leí algo tan espantoso.

Hubo también un fuerte impulso al deporte juvenil y una formación política temprana que, como era de esperar, derivó en adoctrinamiento. En los libros de primaria, la letra “P” venía ilustrada con Perón y la frase “Mi papá vota a Perón. Mi papá es peronista”. La pedagogía se volvía propaganda, pero el andamiaje educativo, paradójicamente, era sólido.

El problema comenzó cuando Perón fue “extraído” del poder. Lo que siguió no fue la liberación prometida, sino una lenta y persistente agonía nacional. La primera víctima fue la educación; luego la política; más tarde la salud pública —pongámonos de pie para recordar al doctor Ramón Carrillo— y finalmente el propio Movimiento Nacional Justicialista, que se vació de ideas hasta convertirse en una cáscara electoral sin pensamiento.

Lo que vemos hoy es apenas la fase terminal de ese proceso: contenidos clásicos diluidos, reescritos o directamente abolidos en nombre de una pedagogía supuestamente inclusiva que termina por degradar el canon, banalizar la cultura y eliminar toda exigencia intelectual. La ignorancia dejó de ser un problema: pasó a ser una política de Estado.

Hay que leer a Perón

Si los dirigentes peronistas y -después el resto de la clase política- hubieran leído y meditado a Perón, hoy tendríamos un país distinto. Aunque les pique donde no les da el sol, enfrentarse a las obras completas de Perón supone atravesar un pensamiento filosófico, sociológico y político de alto fuste.

Basta detenerse en “El Manual de Conducción Política” o sobre todo en “La Comunidad Organizada”, discurso pronunciado en el Congreso Internacional de Filosofía, donde Perón inicia con un recorrido por la filosofía clásica, dialoga con el pensamiento moderno y deduce, desde los griegos hasta el existencialismo, los elementos que constituyen una comunidad y el lugar del hombre dentro de ella. No es un panfleto: es una pieza de reflexión política seria.

La ironía final es brutal: fueron gobiernos que se reclamaron peronistas los que hundieron a la Argentina en esta degradación educativa e intelectual. Desde la Ley Federal de Educación de Carlos Menem, pasando por la Ley Nacional de Educación del kirchnerismo, hasta llegar hoy al golpe final contra la inteligencia argentina, ejecutado por Javier Milei bajo el nombre marketinero de “libertad educativa”.

Muchachos: si quieren reconstruir algo que se parezca al Partido Justicialista, empiecen por leer a Perón. Léanselo entero. Mastíquenlo. Regurgítenlo. Y recién después salgan a la calle a hablar de peronismo.

Tenía razón Manuel Belgrano cuando advirtió: “Sin educación, en balde es cansarnos: nunca seremos más de lo que somos.”

Sin cultura -agrego- ni siquiera eso. –