POR: Dra. CLARA INÉS FERREYRA – www.ernestobisceglia.com.ar

NdeR: Damos la bienvenida a la Dra. Clara Inés Ferreyra (*), a quien agradecemos la gentileza de acompañarnos desde su disciplina con su columna de opinión. Nos congratula su aporte a este sitio, donde pretendemos que reinen la palabra y la opinión libre y formativa.
A los gobiernos mediocres no les gusta escuchar que se hable públicamente de temas urticantes como el suicidio juvenil. Siempre se habla de flagelos sociales y en primer lugar se anota a las adicciones -drogas-, pero ocurre que cuando una sociedad se desorganiza moralmente, los cuerpos empiezan a caer.
En su obra “El suicidio” (1897), Émile Durkheim, plantea algo revolucionario para su época y que continúa teniendo vigencia hoy: el suicidio no es sólo un acto individual, sino un hecho social, condicionado por el grado de integración y regulación que la sociedad ejerce sobre los individuos.
Entre sus tipologías, la que mejor dialoga con el suicidio juvenil contemporáneo es el suicidio anómico, que se da en el marco de sociedades que han perdido el valor moral de la norma (nomoi). Este trágico fenómeno juvenil se presenta cuando -precisamente- las normas se debilitan, las expectativas se vuelven confusas, los marcos de sentido colapsan y el futuro deja de ofrecer promesas creíbles.
Durkheim lo pensaba en contextos de crisis económicas o cambios bruscos. Hoy podríamos traducirlo sin traicionarlo en una sociedad que no ofrece horizonte, produce subjetividades sin anclaje. Para explicarlo más claramente, una situación crítica que afecta a los jóvenes que están en proceso de construcción identitaria y dependen más que nadie de referencias simbólicas, por lo tanto, son los primeros en sentir el vacío normativo.
En países como la Argentina, donde el sistema educativo que formaba, instruía y daba el marco de contención, se pulverizó, la consecuencia inmediata es una sociedad anómica donde el mérito no garantiza nada, por lo tanto el esfuerzo no promete futuro. Entonces, si la educación no asegura integración, el discurso adulto pierde credibilidad.
El resultado es la desorientación existencial, que luego la clínica recoge como depresión, angustia o ideación suicida, pero cuyo origen es social antes que patológico.
Debemos comprender —especialmente quienes ejercen funciones públicas— que “no todo sufrimiento juvenil es un trastorno. A veces es una respuesta lúcida a un mundo desordenado”. A priori, puede parecer una incoherencia, pero el fondo son actos perfectamente coherentes con el espacio social que formamos los adultos.
Entonces, no se trata de oponer a la clínica versus la sociedad sino de articularlas. Durkheim explica el contexto que enferma el alma y el ánimo juvenil cuando señala que la política debería hacerse cargo del marco que produce anomia. Pues, si en el gobierno no hay ejemplos de corrección, de honestidad, de moral, en definitiva, la masa de jóvenes sin contención educativa se mira en ese espejo y compara la riqueza que produce el saqueo público frente a sus realidades paupérrimas, todo enfrentado a un futuro sin caminos, ergo, el resultado no puede ser otro.
No se trata de predicar un moralismo generalizado del tipo “los chicos están perdidos”, ni tampoco justificar un biologismo (“es solo un problema químico”). Se trata de asumir políticas de Estado serias que fortalezcan lo educativo, lo social y lo psicológico. Porque para decirlo de una manera muy clásica: Una sociedad sin reglas produce vidas sin futuro.
Cuando una sociedad se vuelve incapaz de ofrecer sentido, pertenencia y horizonte, no es extraño que algunos jóvenes decidan retirarse de ella de la manera más radical. El suicidio, en estos casos, no es sólo una tragedia íntima: es un síntoma social.
(*) Dra. Clara Inés Ferreyra
Psicóloga (UBA), Doctora en Psicología y docente universitaria. Especialista en adolescencia, salud mental comunitaria y problemáticas sociales contemporáneas. En esta columna abordará el malestar psíquico desde una perspectiva social, ética y no reduccionista.
