Confesiones de un arrepentido: Quiero que me indemnicen mi voto a Milei

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

La presente no es la columna de un resentido sino de un arrepentido.

Te entiendo perfecto. Eso ya no es bronca: es reclamo por vicios ocultos. A la vez, es una declaración pública de “Nabo”, porque un argentino que vivió TODAS las crisis de este país durante los últimos 50 años, que se precia de culto y liberal, hoy me pregunto: ¿Cómo pude ir a votar esto?

Tengo una justificación, venía -veníamos- estrangulados después de dos décadas de kirchnerismo, de todos y por lejos el gobierno más infame que tuvo este país. Un régimen atravesado por la soberbia, la impunidad y esa forma de extravío del poder que los griegos llamaban hybris: la convicción de que no hay límites, ni controles, ni realidad que se imponga al propio relato. Manoseados por una cleptómana en grado de excelencia. A los más grandes nos robó el país, pero al resto, hasta la esperanza.

Y claro, al borde del abismo, uno no elige con lucidez: se aferra a lo único posible de salvarlo. Ahí fue donde apareció este pibe –Javier Milei-, un tanto extraño, extravagante, con esa mirada propia de los psicóticos, pero bueno, Erasmo de Rotterdam, en “El Elogio de la Locura”, afirmaba que: «Gracias a la locura se mantienen los imperios, se gobiernan las ciudades y se conservan las religiones.».

Cuando los periodistas me preguntaban por qué lo votaba, respondía sin épica: “Porque está loco, pero peor es seguir igual. Tal vez este le pegue al volante antes de desbarrancarnos”. Me equivoqué. Y lo digo sin eufemismos. Pido disculpas por haber contribuido, con mi voto, a este remate del país.

Pero al final, Milei, terminó siendo como esos electrodomésticos que uno compra de ocasión, sin garantía y que traen el manual en chino, uno no comprende que cornos dice, pero piensa “Y.… estaba barato”. Lo enchufás, y a los diez minutos empieza a largar humo. Se quema. Y cuando reclamás, no hay a quién. Entonces, te sentís estafado. Igualito.  

Porque una cosa es votar ajuste de la casta porque “con los mismos no se puede hacer nada nuevo”, votar ortodoxia brutal y motosierra…, y otra cosa muy distinta es descubrir que terminaste votando a Leatherface (“La masacre de Texas”) donde la motosierra no era un símbolo estético sino una herramienta económica.

Al romper la piñata apareció el contenido real del paquete: descalabro educativo, castigo sistemático a jubilados, desempleo creciente, operaciones de inteligencia sin control efectivo, sumisión geopolítica explícita y una transferencia brutal del costo hacia las clases medias y medias bajas, una verdadera sodomización del pueblo trabajador (para usar un léxico que le gusta al presidente). Todo envuelto en épica de Excel y frases gritadas.

Este chango prometió “cortarle el brazo” al que robe, y a esta altura por el tenor de las denuncias públicas el gobierno sería una cohorte de tullidos.

Nuestra historia está llena de atorrantes y vendepatrias, desde Bernardino Rivadavia hasta los Kirchner. Pero este experimento libertario llegó prometiendo limpieza, moral y funcionarios probos. Y terminó reciclando lo peor del pasado, con tirabombas incluidos, con el agregado de un Congreso convertido en casting permanente de vedetongas y “taitas” pesados, además de una administración que confunde lealtad con obediencia debida.

Si existiera el derecho administrativo-poético, el reclamo sería sencillo: Voté liberalismo republicano y me entregaron un Estado opaco, con policía secreta en cuotas y control ciudadano tercerizado. Pero como siempre, la indemnización llega tarde… cuando la empresa quebró y a veces ya ni siquiera hay a quien cobrarle.

Pero por lo menos, y antes de que sea detenido por una patota de patovicas libertarios y puesto a disposición de algún “organismo” y no de un juez natural, habré ejercido mi legítimo derecho de defensa intelectual.

Me consuela pensar que detrás de mi se levantan Manuel Belgrano, José de San Martín, Martín Miguel de Güemes y hasta el propio Juan Bautista Alberdi, todos unidos por la misma sensación de que los argentinos honestos hemos sido traicionados.

Que al menos quede registro. Ironía. Memoria. La indemnización, como siempre, llegará tarde… o no llegará. Pero la prosa -esta modesta forma de defensa- ya la estamos cobrando. –