REDACCIÓN – www.ernestobisceglia.com.ar
Niccolò Paganini no fue sólo el violinista más virtuoso de su tiempo. Fue, además, el primer músico moderno acusado formalmente de no ser del todo humano. En la Europa del siglo XIX, donde el talento debía venir siempre acompañado de una explicación teológica, su destreza resultaba sencillamente inadmisible. La conclusión fue obvia: nadie podía tocar así sin ayuda del Diablo.
Paganini era flaco hasta la sospecha, pálido como un manuscrito viejo, de dedos larguísimos —casi obscenos— y mirada febril. Tocaba el violín como si el instrumento fuera una extensión del sistema nervioso. Afinaba, improvisaba, rompía cuerdas en pleno concierto y seguía tocando con las restantes, como si el accidente formara parte del guion infernal. El público, entre el éxtasis y el espanto, necesitaba una explicación sobrenatural.
La leyenda dice que Paganini había firmado un pacto satánico: a cambio de su alma, el Diablo le concedía una técnica imposible, una velocidad inhumana y un sonido capaz de someter voluntades. Algunos aseguraban ver, durante sus conciertos, una sombra oscura detrás de él, guiándole el arco. Otros juraban que su violín estaba hecho con las entrañas de una amante asesinada, detalle innecesario pero muy eficaz para la época. Tal era el éxtasis que provocaba con sus ejecuciones que se cuenta que las mujeres alcanzaban niveles orgásmicos de furor.

Nada de esto fue desmentido con demasiada energía por el propio Paganini. Al contrario: cultivó el mito con inteligencia publicitaria, cuando aún no existía la palabra marketing. Vestía de negro, entraba tarde al escenario, dejaba correr rumores y entendía que el escándalo, bien administrado, afina la fama.
Pero el “pacto” tenía una explicación más terrenal —y más incómoda—: Paganini practicaba como un condenado, conocía el violín hasta el hueso y explotó recursos técnicos inéditos para su tiempo. Lo que parecía diabólico era, en verdad, una combinación de disciplina feroz, genio musical y una dosis saludable de teatro.
La ironía final es que el mito fue tan fuerte que incluso muerto siguió siendo sospechoso. La Iglesia se negó durante años a darle sepultura cristiana. Paganini, el hombre que había hecho cantar al violín como nadie, no encontraba descanso porque su talento era excesivo.
Moraleja cultural:cada vez que una época no entiende el genio, lo explica con demonios. Cuando la Santa Sede se ve superada, no admite a los maestros ascendidos y los demoniza. Y cuando el talento desborda las categorías morales, el infierno siempre parece una hipótesis razonable. –