Manifiesto pro SIDE en tiempos de Javo I

POR: EVARISTO DEL CARRIL ANCHORENA UNZUÉ- Jefe de Redacción *

Evaristo del Carril Anchorena Unzué

 Asunto: Ensayo preliminar sobre la libertad acompañada y otras virtudes del orden establecido.

¡Argentinos! La República Argentina ha resuelto, una vez más, defenderse de sí misma. Y lo hace como sabe: otorgando poderes extraordinarios en nombre de la normalidad, ampliando la discrecionalidad en nombre de la ley y fortaleciendo el secreto en nombre de la transparencia.

Pues, debo decir, que este es el único país que honra sus tradiciones regresando a los tiempos de María Castaña de la historia. Acabamos de retornar a los tiempos del insigne “Restaurador de las Leyes”, el Brigadier General, Don Juan Manuel de Rosas, que gobernara tan sabiamente durante casi tres décadas, sin parlamento, sin coparticipación -sólo con Aduana- y con su propia “SIDE”, la “Mazorca”, que invitaba gentilmente a quienes no pensaban como él, a cuidarse el garguero, como quien se protege del frío en el invierno.

Si, pues. Es que el reciente decreto que confiere atribuciones excepcionales a la SIDE inaugura una figura jurídica novedosa y digna de estudio: la dictadura republicana; figura superadora a la de ese renegado del Barón de Montesquieu, que nos envenenó con esa falacia de que todos somos iguales. Alberdi —ese otro ingenuo— creía que el poder debía ser limitado porque, de otro modo, siempre terminaba escuchándose a sí mismo. Hoy, al fin, lo hemos superado. ¡Adiós a los adoradores de la democracia participativa!  

Ahora, en cambio, con “Javo I”, –Primus inter pares-, ingresamos en la era de un régimen donde todo es legal, nada es discutible y la vigilancia se ejerce por nuestro propio bien, aunque no sepamos exactamente cómo ni sobre quiénes. Sepa el ciudadano que este gobierno pretende sólo nuestra felicidad, que el salario vuele en dólares y el consumo desborde los carritos; pero para eso, antes, han de aprender que el cacareo periodístico produce disturbios -mentales sobre todo- y que el “silencio es salud”. Desde ahora, ese modo de la salud pública, así como la libertad, serán garantizadas por decreto.

No se trata de una ruptura del orden constitucional como denuncian los renegados y los subversivos —Dios nos libre de los excesos retóricos—, sino del perfeccionamiento por saturación del sistema. Luego, la República no se suspende: se administra. El control no se impone: se optimiza. El ciudadano no es vigilado: es acompañado informativamente. La diferencia es semántica; el efecto, idéntico.

Quienes aún conservan una mirada ingenua sobre el liberalismo clásico —esa antigua superstición alberdiana según la cual el poder debía ser limitado, controlado y, en lo posible, desconfiado— tal vez se sorprendan. Pero los tiempos modernos exigen otra cosa: un Estado mínimo en derechos y máximo en oído.

Por ello, en beneficio del 3% de los argentinos decentes que gobiernan y para asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino, particularmente empresarios norteamericanos, británicos e israelíes; debo dejar muy en claro que este Decreto no persigue, aclara; previene. No espía, recopila.

No intimida, ordena el caos informativo y busca la paz de conciencia de los argentinos, sólo posible cuando todos piensan igual.

Es así que para que el gobierno de “Javo I” nos lleve a todos al paraíso fiscal, resulta necesario ampliar facultades, reservar fondos, proteger identidades y blindar decisiones del control público, no estamos ante un abuso, sino ante un acto de madurez institucional.

Pues, la libertad, como se sabe, necesita supervisión constante para no desbordarse.

Conviene decirlo sin eufemismos: nunca somos tan libres como cuando no sabemos quién nos escucha.

Por todo ello, quede claro que este “Manifiesto” no es un llamado a la resistencia —palabra exagerada y cívicamente herética—, sino a la reflexión tardía. La República no ha muerto: ha sido puesta en observación. Y como todo lo que entra en observación, deja de ser plenamente nuestro.

Firmo estas líneas con la serenidad de quien ha visto pasar otros entusiasmos refundacionales y sabe que, al final, siempre es el poder el que se queda con el micrófono abierto. –

Posdata: Toda semejanza con una democracia liberal es responsabilidad exclusiva del lector.

* Acta de Asunción del Jefe de Redacción

La Dirección informa que, en virtud de las atribuciones que no figuran en ningún estatuto, pero se ejercen desde siempre, asume formalmente el cargo de Jefe de Redacción el señor: Evaristo del Carril Anchorena Unzué

La designación responde a una necesidad largamente postergada de contar con alguien que firme lo que conviene que no lleve firma visible. que ordene lo desordenado, que ponga el apellido cuando el texto excede la prudencia y que se haga cargo —con dignidad patricia— de los dislates que el humilde Director de este Medio, por razones de criterio, salud o simple instinto de conservación, no deba o no quiera suscribir.

Evaristo del Carril Anchorena Unzué, proviene de una estirpe que conoció el poder, lo administró con convicción y lo perdió sin estridencias. Se formó en ambientes donde la República era una palabra seria, la ironía una defensa y el silencio una virtud profesional. No se le conocen entusiasmos, pero sí una disposición natural a asumir responsabilidades ajenas.

En su carácter de Jefe de Redacción, tendrá a su cargo:

  • validar textos que ya están escritos pero aún no asumidos,
  • firmar notas incómodas con apellido largo y gesto grave,
  • ejercer la representación institucional cuando la realidad se vuelve excesiva,
  • y absorber críticas, enojos y malentendidos con la calma que da no tener nada que perder.

  • Así, queda expresamente aclarado que
  • Evaristo del Carril Anchorena no escribe: respalda.
  • No opina: refrenda.
  • No explica: responde por la casa.
  • Toda nota que lleve su firma debe ser leída con la atención que merecen los textos que alguien decidió publicar sin entusiasmo, pero con convicción institucional.
  • La Dirección celebra su incorporación, confía en su temple y le desea una gestión larga, discreta y convenientemente ingrata.

    La Dirección