POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Desde los confines de la historia los pueblos utilizaron en sus distintos modos la pirotecnia, no para festejar sino con fines rituales y hasta esotéricos. Dos elementos conformaban esos ritos, el fuego y el ruido/la luz, con los cuales se pensaba ahuyentar el miedo, fuerzas caóticas. También servía para marcar el cierre de un ciclo y el comienzo de otro. En las culturas antiguas el estruendo era celebración y protección.
El fuego siempre fue un elemento fundamental, desde el Prometeo de la mitología griega, pasando por la “Santa” Inquisición hasta las ordalías y saqueos, siempre el fuego era el corolario de algo… o de alguien. Era el control simbólico del caos.
Con la Modernidad el rito continuó aunque privado del sentido original y convertido en una diversión social, un espectáculo, pero vacío del contenido que lo justificaba.
Se trataba -y se trata- de un concepto antropológico y psicológico, la pirotecnia tiene un efecto de catarsis colectiva al romper el silencio de las tensiones sociales acumuladas. En una mínima manera le devuelve al hombre la sensación de control sobre el fuego y el caos.
Emile Durkheim, explicaría esto como “ritual de cohesión social”; Sigmund Freud, hablaría de descarga pulsional y Carl Jung, lo describiría como “activación de arquetipos de fuego, ruido y renacimiento”. Hay para todos los gustos.
A pesar de los arrestos contra la pirotecnia, esa costumbre pervive y hace estallar en aplausos a las multides en las festividades patrias, en los triunfos deportivos, incluso en protestas sociales, al fin de cuentas tanto ruido hace un petardo como cientos de cacerolas siendo golpeadas. La idea de catarsis continúa presente.
Es más, desde un punto de vista de la sexualidad, incluso, la pirotecnia se ha colado en la intimidad como asociación de ideas dándole al término “petardo” un sentido erótico.
La pirotecnia en la actualidad
Vivimos una época donde la hipersensibilidad alcanzó niveles de desenfreno. Todo debe ser cuidado, medido, pulido, desde el lenguaje hasta las opiniones, porque todo puede vulnerar algún derecho humano. Los que venimos la feliz época de la pirotecnia hasta altas horas de la madrugada hoy nos sentimos unos bárbaros ante la pulcritud exquisita que se pretende en los hábitos humanos. Paradójicamente, cada vez más brutos. Pero en fin…
El problema contemporáneo
Claro es que vivimos también tiempos distintos, amontonados en ciudades densas con personas con hipersensibilidad, donde los estudios médicos han advertido los efectos de los ruidos en personas con autismo, sin olvidar, los derechos de los animales domésticos a los cuales ya falta poco crearles algo parecido al INADI.
En este punto en donde aparece la tensión moderna entre ritual colectivo heredado y responsabilidad social contemporánea, y la paradoja, porque el rito que buscaba proteger a la comunidad termina dañando a parte de ella.
Tal vez la pregunta no sea si la pirotecnia debe prohibirse o defenderse, sino qué hacemos cuando un ritual queda fuera de época. Si insistimos en repetirlo sin sentido, lo convertimos en ruido vacío. Si lo revisamos, quizá podamos recuperar su función original: marcar un límite, cerrar un ciclo, dar lugar a otra forma de celebración menos violenta y más consciente.
Porque cuando el fuego deja de significar, ya no purifica y sólo hace ruido. –