POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Los argentinos somos indolentes por naturaleza, lo llevamos en el ADN histórico. Desordenados, desaforados, incontinentes, con un sino violento que venimos ejercitando desde 1810. Tenemos una tendencia al ejercicio dictatorial de los gobiernos. Con más o con menos, somos hijos del patrón del estancia, del líder, del dictador, del “UNO”, quien disciernía quién vivía y quién moría. Que hoy decide quién lo adula, lo contiene y le lleva todas las mañanas el “Diario de Yrigoyen” junto con el café.
Si repasamos la historia, siempre el mejor enemigo fue el enemigo muerto. Por eso la primera decisión administrativa de la Primera Junta fue el fusilamiento de Santiago de Liniers, ordenado por Mariano Moreno, quien en las “Instrucciones Reservadas” a Juan José Castelli, le decía: “Cause el mayor terror. Que la tropa arrase cuanto encuentre. Si la Revolución no se impone por la sangre estará perdida”.
Esa indolencia nos impidió constituir un gobierno por más de una década y desembocamos en la Anarquía de 1820, que costó más sangre y allanó el camino a Juan Manuel de Rosas, que gobernó casi tres décadas silenciando adversarios con la mazorca. En esos años, Domingo Faustino Sarmiento dirá “¡Cuidado pues, ese mal lo traemos en la sangre!”
Excede a estas líneas la descripción del sendero hemático que atraviesa nuestra historia. Pero cada proceso histórico costó sangre. Mucha sangre.
En rigor de verdad, los únicos tiempos de sosiego voluntarista se dieron durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen, de Arturo Frondizi y de Arturo Umberto Illia, también de Ricardo Alfonsín. Tal vez por eso ninguno pudo terminar su periodo de gobierno.
El 28 de agosto de 1955, desde los balcones de la Casa Rosada, Juan Domingo Perón, azuzaba a la masa diciendo: “Por nuestra excesiva tolerancia nos hemos ganado el derecho a reprimirlos (…) y el que conspire contra las autoridades legítimamente constituidas, puede ser muerto por cualquier argentino” Y agregaba: “Y por cada uno de nosotros que caiga ¡caerán cinco de ellos!” Una joyita.
En tiempos más modernos la violencia no fue física sino económica, y más recientemente, dialéctica, verbal. Pero en el fondo, siempre campea el mismo patrón de comportamiento: el patrón, el líder, el “UNO”.
Ese modelo, particularmente en las provincias, se replica desde los intendentes hacia arriba donde todavía subsisten prácticas feudales como el derecho de pernada, la reducción de la mujer a objeto de consumo y el enriquecimiento personal y del séquito.
No deberíamos quejarnos de quienes nos gobiernan porque todo el mundo sabe lo que son pero los votan igual. Sería una materia propia del análisis psicológico social comprender porqué razón continuamos votando lo mismo.
Renegamos de Rosas que se mantuvo tantos años en el poder y retrasó 40 años que tengamos Constitución Nacional, pero hoy mantenemos el poder a sujetos que gobiernan la mitad de lo hizo Rosas y toquetean la Constitución para ver de prolongar más tiempo su permanencia. ¿En qué hemos evolucionado?
Hoy, no hay mazorca para mantener el silencio social, pero hay “medios de prensa”, operadores políticos, consultores y supuestos encuestadores a sueldo que mantienen a la masa a raya a través de la mentira, el silencio subrepticio y la marginación de los mejores elementos.
No hay cuchillo, pero hay violencia verbal, se gobierna promocionando el odio al contrario, matándolo con la persecución encubierta, la operación de prensa y hasta con la causa judicial armada.
Tal vez por eso repetimos gobiernos que detestamos y líderes que denunciamos. No porque nos engañen —ya no—, sino porque en el fondo seguimos buscando al patrón que decida por nosotros. Mientras no rompamos ese espejo, seguiremos indignándonos cada cuatro años como si la historia nos ocurriera desde afuera. Y no: la historia, una y otra vez, vota con nuestras manos.
Tenía razón Sarmiento: “… ese mal lo traemos en la sangre”. –