Breviario para tiempos banales III: Una Navidad hiperconectados pero radicalmente solos

POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

El brindis navideño ya es otra vez historia. Se agotó el tiempo de conversar sobre las cosas y las gentes en una sobremesa que pierde su encanto cada vez más temprano. Las luces y el estruendo de los cohetes también están recortados, casi ínfimos si se los compara con aquellos años en que la pirotecnia formaba parte de la escena familiar.

Pero lo más melancólicamente llamativo son las calles desiertas, oscuras, las puertas cerradas en lugares donde supimos ver familias reunidas en las veredas, alrededor de mesas improvisadas, compartiendo bebidas y comida. Ese bullicio social ya no existe. ¿Qué ha pasado?

No es sólo la economía. Es algo más grave todavía: estamos perdiendo la socialización. Nos estamos desguazando como sociedad o, al menos, trasladando el encuentro hacia lo virtual.

En la misma mesa navideña, este, aquel y el otro se entregan a la algarabía de la videollamada, haciendo un paréntesis a la presencialidad de los comensales. En una docena de asistentes, casi la mitad “celebra” con ajenos a la mesa.

He aquí la gran paradoja contemporánea: nunca hubo tanta comunicación y tan poco encuentro.

Ese exceso comunicacional funciona como un placebo frente a una economía agobiante. Ahora podemos “estar” con más familiares —incluso hijos y nietos— a través de una pantalla, sin poblar la mesa de comidas y bebidas. Ya nos vimos, nos saludamos, reímos, a unas cuadras de distancia incluso. Ya hemos celebrado la Navidad.

Es la nueva configuración de una soledad preexistente, donde el afecto físico se reemplaza por la satisfacción anímica de haber visto al otro sin tocarlo, sin saber qué perfume se puso, sin sentir su energía, sin advertir acaso su tristeza detrás de una pantalla que lo muestra feliz. Sí: nos estamos despedazando como sociedad y como familia.

Ese contacto fugaz va reemplazando el lazo familiar. El otro —incluso el hijo, el padre, el abuelo— deja de ser prójimo para convertirse en usuario. El que era familia ahora es un seguidor.

Unos ya han trascendido y no están esa noche a la mesa; pero otros, aun estando, ya se han ido. Es una distancia prolija, indolora, sin culpa.

Es un abandono sin drama ni escena. El vínculo existe, el otro “está”, pero ha perdido densidad existencial. Es la antesala de convertir a los familiares en hologramas.

Tal vez por eso debiéramos preguntarnos: ¿cuántos han pasado la Nochebuena conversando con una IA? No es la familia, pero al menos puede hilar una conversación empática: no juzga, no se levanta antes del brindis, no cambia de tema cuando duele. La IA, esta Navidad, no ha reemplazado un vínculo, pero a muchos les ha simulado una cortesía que a veces escasea entre los parientes.

Llegamos a casa. Esta Navidad ya es un recuerdo más. Cerramos la puerta y nos adherimos al silencio social. En la memoria vuelven, como fantasmas queridos, las imágenes de las risas en la vereda, el tronar de las explosiones, las luces vencidas por el paso del tiempo.

No es el signo de un futuro distópico, sino el síntoma presente de una sociedad que conecta mucho y vincula poco. Y, aun así —paradoja navideña— alguien que habló con una IA tal vez no estuvo tan solo como quien compartió la mesa sin decir nada. –