POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar
Iniciamos una serie de reflexiones sobre temas que afligen a la humanidad… bueno, no a toda.
Hubo un tiempo en que la avaricia necesitaba redención. Hoy apenas necesita un plan de negocios o una plataforma política. Tal vez sea el más despreciable de los pecados porque impone la satisfacción material del ego sobre el bien común: niega al otro como alter ego y entroniza el culto del yo en estado de paroxismo.
La literatura lo advirtió antes que la política. Shakespeare lo encarnó en Shylock, resentimiento social que pretende que la ley legitime una moral deformada. Molière lo volvió patología en Harpagón, que ama más su cofre que a sus hijos y vive sólo para acumular. Dickens, en Un cuento de Navidad, nos mostró a Scrooge: el avaro que no acumula por ambición sino por miedo al futuro, es decir, por falta de fe.
Tres figuras distintas de un mismo mal moral que hoy la sociedad presenta como eficiencia y éxito. Tener antes que ser. Nuestra época no elimina el pecado: logra algo peor, que deje de doler.
El prójimo como estorbo
La avaricia destruye el concepto de prójimo y, con él, la comunidad. El avaro habita en las antípodas de la caridad, que deja de ser virtud para convertirse en estupidez. En tiempos de mercado, quien no compite por éxito y poder es señalado como ingenuo o inútil.
La avaricia es reina de los mercados y sus ejecutores, los nuevos mercaderes de Venecia. Incluso los templos se han llenado otra vez de comerciantes a los que Cristo volvería a expulsar a latigazos.
Primero yo, segundo yo, tercero yo
El mandato es claro: hay que ser avaro, pero no para ser mejores, sino para que el otro no sea. No hay políticas para la comunidad, sino para los cercanos al poder. Sólo ellos progresan; para el resto, la indigencia es estadística.
No se odia con pasión, se desprecia con apatía
Hannah Arendt advirtió que el mal no nace necesariamente del odio, sino de la renuncia a pensar y juzgar. Cuando la avaricia se vuelve proyecto y la competencia elimina sin culpa, ya no hacen falta verdugos: alcanzan individuos funcionales, obedientes y distraídos. La ignorancia, en estos casos, no es un error: es una política.
La paradoja de la soledad hiperconectada
Nunca el hombre tuvo tantas posibilidades de contacto. Y nunca estuvo tan solo. Apagada la pantalla, queda el vacío. En el sepelio, media docena de personas; en las redes, miles de “amigos”.
La comunidad como herejía
Han desaparecido las instituciones que cohesionaban: clubes, sociedades de socorros mutuos, vínculos duraderos. Lo comunitario se ha vuelto sospechoso, casi subversivo.
La verdadera herejía no es negar a Dios, sino negar al otro. El que sufre molesta, el que no tiene se margina. Se excluye al pobre material, cuando en realidad los avaros son los verdaderos pobres de espíritu.
No vivimos sólo tiempos banales: los administramos sin pudor moral. Cuando la avaricia deja de avergonzar y se convierte en proyecto, cuando el YO se vuelve altar, no hay triunfo posible: sólo una sociedad rica en cosas y miserable en humanidad.