POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

¡Oh, pues…, como el movimiento se demuestra pensando, pensemos! Sin embargo, ¿hemos reparado sobre la naturaleza, el carácter y el peligro que ello entraña en una sociedad de misa y empanadas que teme al pensamiento libre?
Porque os diré, Queridos Hermanos, que pensar libremente donde el cielo diáfano, cortado por el Cerro San Bernardo y el tañido de campanas marcan aun las horas canónicas en pleno siglo XXI, es un hacer que enciende las alarmas frente a aquellos que en su cavidad craneana aún conservan las neuronas. Y digo, que aún las conservan porque otros, no pocos otros, tienen ese espacio intracraneal ocupado por la Hostia. ¡Incluso sus fantasmas, en lugar de sábanas blancas se aparecen enjutos, amortajados en hábitos!
Y esto ocurre ahora, en tiempos próximos a la llegada de individuos interestelares que se avendrían con inconfesables intenciones. En un lugar así, pensar, no sólo es una actividad fosfórica, sino lisa y llanamente, un acto subversivo.
Porque quien piensa no comulga, pues pensar desbarranca inmediatamente al individuo en la geena del pecado. ¿Adán acaso pensó? ¡No! El tipo simplemente paseaba por el jardín edénico rotulando animales, bichos y esas cosas. ¡Hasta que dio con ella, la Eva! Y la apacible soledad fue ganada por la concupiscencia, y el Adán cayó presa de las fiebres y sus humores se agitaron haciéndole caer la hoja de parra, cual ventisca fuerte de otoño. ¡Ah, maravillosa metáfora de la primera encarnación! Porque Adán, entonces, encarnó a Eva…, o sea.
Claro…, injusto sería el cargo de deciros que en Salta está prohibido pensar, porque no lo está, más conviene a los espíritus esclarecidos hacerlo en silencio y con la mirada baja, casi como poseídos por una piedad benedictina donde al “ora et labora”, es menester sumarle el “memento mori”.
Si, pues, en esta ciudadela de la mediocridad elevada a rango de poder y bendecida por el agua bendita, el progreso es manía de unos cuantos. De un elenco estable que desafía los tiempos y las ventiscas políticas, manteniendo a sus hijosdalgos en pie, cual menhires cuaternarios; tanto en cargos como en confesionarios.
¿O acaso será porque son de piedra?… o tienen la cara de piedra.
Quienes piensan, portan libros, papeles, cúmulos de ideas contenidas en hojas insurgentes, sediciosas, son apartados, relegados, porque allí concentran ideas revolucionarias. ¡No, no es posible pasar por Salta pensando libremente, porque allí el pensar es un acto tan lascivo como el encarne de Adán a Eva!
En esta noble y polvorienta provincia de Salta -tan dada a confundir silencio con sabiduría y novenario con progreso-, acontece un fenómeno digno de crónica caballeresca: los pensadores, esos pobres hidalgos del entendimiento, no ejercen cargo público alguno, pues la razón, aquí, es oficio peligroso.
Antes bien, se ven obligados a colegiarse en ciertos recintos semiclandestinos -donde medran gentes poco piadosas-, logias y cofradías donde se tolera el uso moderado del seso humano.
Que a misa tampoco asisten, no por incredulidad, sino porque el cura, temeroso de que una idea lúcida se le cuele entre las bancas, ha dispuesto que la homilía sólo convide a los de espíritu obediente y mente en reposo. Así, aquellas tenidas dominicales se convierten en sembradío de metáforas solamente creíbles por los párvulos en estado de inocencia, o bien, aquellos con quienes el buen Dios no ha sido generoso con la capacidad de entendimiento.
De modo que la vida intelectual salteña transcurre, como los viejos ríos subterráneos, en cauces ocultos, lejos del sol y de la plaza pública.
Pero no debemos culpar a todos nominándolos bajo la mácula de intolerantes. Pues, diré, hay dos modos de ser esto último: por temor reverencial dogmático y por ignorancia. Hay, en Salta, personas que temen al libre pensar porque son depositarios de la herencia familiar inveterada que advierte que si una idea no está consignada en el sacro magisterio, es pecado. Y aquellos otros, si negados al conocimiento, más aún al libre pensamiento, pues siempre pensar ideas nuevas es tan peligroso como andar por ahí portando algún objeto sospechoso…, particularmente, un libro.
“¿Qué va a decir la gente?”
Si, pues, en Salta opera la cultura del miedo a la disonancia, pues aunque no se vea, existe una vigilancia social que exige de cada parroquiano ser un custodio de las buenas costumbres. Un guardían invisible, una suerte de “Gran Hermano” sacro-político, que como un Inocencio III, mata a todos y deja “que el Señor escoja a los suyos”.
La Santa Inquisición no ha fenecido, se ha transformado en un corpus social indefinido que imprime el temor reverencial frente al gobernante y al tonsurado. Ellos administran la piedad, el cargo público y la salvación eterna.
Son los cancerberos de la cultura del miedo a la disonancia. Administradores de la báscula donde se pesa el “Qué dirán” y donde el dogma se mezcla con la sociabilidad. En Salta, disentir es una forma de herejía social.
En Salta, a horas de la llegada de seres verdes, espigados y con alas de langosta, el patriarcado aún es el cemento social que cohesiona la base de una sociedad donde la hipocresía es la capa cesárea que cubre a los cónsules y a los administradores del Dios. y de la Patria. En este villorrio, el joven de los barrios que se droga es un punga, un drogadigto y la adolescente que queda embarazada una “trola”. Aquel, de la misma edad, que asiste a un colegio confesional y mercadea polvos mágicos entre sus compañeros y “se da toque” en el recreo, “es un joven que tiene problemas», y la nena embarazada, es visitada por un “espíritu santo” que opera al revés de aquel del catecismo, haciendo desaparecer al cigoto. Y reto a quien quiera a desmentirme.
¡Nunca habrá progreso en esta aldea misógina, patriarcal y dogmática, donde aún se ejerce el derecho de pernada! Donde el campo, el poder político o el confesionario, definen los límites de lo pensable y lo herético.
Y así se entiende que aquí pensar no sea sólo un acto subversivo, sino una descortesía: porque en esta aldea, donde todos fingen creer lo que nadie piensa, el que piensa deja al descubierto la farsa. En Salta no peligra el que piensa: peligra el que hace pensar. Porque a los primeros los toleran; a los segundos los temen. Porque en esta aldea a nada se tema más que la Verdad.
¡Hasta la Justicia teme a la Verdad!
Por eso Hermanos, en verdad os digo; en Salta nadie teme al pensamiento por peligroso, sino porque obliga a mirarse en un espejo que aquí hace siglos se evita: el espejo donde no se refleja Dios ni la Patria, sino la propia mezquindad. –
