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El régimen venezolano atraviesa su mayor aislamiento internacional en dos décadas. Ni Rusia ni China, sus grandes aliados, lo respaldaron ante la amenaza militar de Washington. América Latina, entre el silencio y la ambigüedad, observa pasivamente cómo se define un nuevo tablero geopolítico.
La imagen trajo a la memoria la reunión de Yalta, cuando las grandes potencias al final de la Segunda Guerra Mundial se repartieron el mundo. Esta vez, en lugar de cuatro, solo dos hombres trazaron el mapa de la división paleolítica mundial: Vladimir Putin y Dondal Trump, en Alaska, ya habrían decidido «de qué lado estás».

Desde los tiempos en que el dictador panameño, Manuel Antonio Noriega, fue destituido, que no se veía una ofensiva más grande de Estados Unidos en el Continente. El anuncio de un posible ataque militar estadounidense contra el régimen de Nicolás Maduro ha generado, hasta ahora, una reacción regional sorprendentemente débil.
Lo que se esperaba como una reacción inmediata y contundente de sus grandes aliados se transformó en un silencio que retumba en Caracas. Ni Rusia ni China —los pilares sobre los que el chavismo edificó su supervivencia internacional— han ofrecido un verdadero respaldo ante el ultimátum de Washington.
Rusia negocia, Maduro no importa
Fuentes señalan que en la reunión de Alaska entre Donald Trump y Vladimir Putin, en el marco de las negociaciones sobre la guerra en Ucrania, Estados Unidos puso sobre la mesa una exigencia clave: que Moscú le diera la espalda a Maduro. El cálculo de Putin parece obvio: para el Kremlin, los intereses estratégicos en Ucrania y en Europa pesan mucho más que la defensa de un régimen en decadencia en Venezuela.
Las bravuconadas de Nicolás Maduro, quien se sentía fortalecido por la presencia de instructors soviéticos y chinos, y la cantidad de material bélico -aviones Sukhoi, baterías antiaéreas Pechora y S-300—, hoy ya son historia. Informes recientes aseguran que buena parte de este material se encuentra inactivo. En este escenario, un eventual acuerdo de cooperación en inteligencia entre Washington y Moscú abriría un boquete considerable en la defensa del régimen chavista.
China opta por la neutralidad
En tanto, China mira hacia el espacio, más preocupado aparentemente en sus notables experimentos astronómicos. Apenas una declaración diplomática sin criticar a Estados Unidos ni comprometerse con Maduro. Aunque Pekín también tiene asesores militares y técnicos en Venezuela, encargados de operar redes de radares de guerra electrónica y sistemas de vigilancia en la empresa estatal CANTV, la prudencia china apunta a evitar quedar atrapada en una confrontación que no considera prioritaria.
Este repliegue de China y Rusia inquieta en el seno del chavismo. Voceros radicales, como Mario Silva, ya han manifestado públicamente su desconcierto: ¿por qué callan los grandes aliados? La pregunta expone una fragilidad que hasta hace poco era impensada en el discurso oficialista.

América Latina: silencios y ambigüedades
En la región, aliados como Colombia y Brasil, guardan silencio. Hay que recorder que estos dos países no reconocieron el triunfo de Maduro en las últimas elecciones.México,bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum, se limitó a reafirmar la doctrina de no intervención consagrada en el artículo 89 de su Constitución. Sin condenas ideológicas ni confrontación con Washington.
Un régimen cada vez más aislado
La fotografía internacional muestra al regimen Chavista como una isla, tanto ideológica como política. Sin aliados y con la presión military de Estados Unidos, el regimen filo castrista se queda sin los pilares que lo sostuvieron durante 25 años.
El riesgo para la región
El aislamiento internacional de Maduro abre un escenario inédito en América Latina. Si el chavismo cae de manera abrupta bajo la presión militar o diplomática de Estados Unidos, la región podría enfrentar un reacomodamiento de fuerzas con efectos inmediatos: oleadas migratorias aún mayores, reactivación de actores armados irregulares en las fronteras, disputas internas por la transición y, sobre todo, el riesgo de que Venezuela se convierta en un nuevo tablero de disputa entre potencias globales.
La experiencia de Panamá en 1989 demuestra que la caída de un régimen no garantiza la estabilidad posterior. Hoy, con Rusia y China replegados, Estados Unidos parece tener el campo despejado para definir el futuro venezolano. Sin embargo, la región debería preguntarse si desea quedar como espectadora pasiva de una redefinición geopolítica que afectará su propio destino.
La historia juzgará no solo a Maduro y a sus aliados silenciosos, sino también a los gobiernos latinoamericanos que, con sus vacilaciones, pueden terminar siendo cómplices de un reordenamiento del continente dictado desde fuera. El fin del chavismo puede estar cerca, pero lo que venga después será una prueba decisiva para toda América Latina.