Historias prohibidas del Poder Judicial de Salta: Del Evangelio según San Malbec al Juicio del 1514

POR ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Salta, aldea conservadora y de fuerte cuño religioso, mantiene tradiciones que alguna vez eran propias del pueblo en general. Hacemos memoria del Apóstol San Pablo, quien, con cierta ternura pastoral predica sobre la conveniencia de empinarse unos vinos, pero por motivo de salud. Recordemos que, en aquellos lejanos siglos, el agua no venía envasada, por lo tanto, no tenía la pureza “Apta para consumo humano”, por lo cual el vino era a la vez que bebida, un placebo medicinal.

En efecto, el Apóstol, lo dice claramente: “No sigas bebiendo sólo agua; usa un poco de vino a causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades” (1Tim. 5:23). Más adelante, dirá a un discípulo “No seas tan ascético; un poco de vino te va a hacer bien». Agreguemos, que ya en el Antiguo Testamento, el vino es símbolo de gozo y bendición. No obstante, en beneficio y defensa de la Escritura, para que los legos no crean que en las Sagradas Páginas se promueve el desenfreno etílico, amonesta también: “No se emborrachen con vino, que lleva al desenfreno” (Ef. 5:18).

Claro, el Sagrado Libro, nada dice del whisky y del populachero Fernet, beneficios que se reparten cuales viáticos entre magistrados (as) judiciales, que los fines de semana “sesionan” en algunas casas de un pueblo olvidado de Dios, llamado “San Lorenzo Chico”. Mientras la servidumbre cambia platos, ellos le sacan viruta al corcho, oficiando la misa del Glenfiddich 21 años Reserva Rum Cask (Sólo para elegidos), celebrando la liturgia del descontrol embotellado.

Así, algunos transforman el agua en vino… y el vino en olvido. Se olvidan de que hay que situaciones que es mejor dejar en guarda de la historia y proteger con el manto piadoso del anonimato.

Cuando ya promedia “La hora del Diablo” o como la llama el vulgo “la hora muerta” (las 3AM, para los no iniciados), momento en que se dice comienza la actividad demoníaca o espiritual intensa, los rituales ocultistas y las manifestaciones paranormales, los magistrados, privados ya de toda toga y solemnidad, echan a rodar cabezas entre medio de los oscilantes corchos. Los ocultistas dicen de esa hora que es el límite entre el mundo físico y el espiritual es más poroso. Para estos individuos es más bien vaporoso.

Arrimemos un dato más, en el folclore popular es la hora en que ladran los perros sin razón, se apagan los vientos y los borrachos dicen verdades… o invocan fantasmas.

En eso estaban estos ilustres, cuando la evocación de tiempos más jóvenes (jóvenes ellos) los llevó a recordar cuando luego de una pantagruélica tenida, ya gastronómica, ya masónica; era costumbre “rumbear para el bajo”. Dícese de aquel lugar pasando un canal -dicen ellos, uno de esto no sabe-, donde se encontraban las mujeres de vida alegre, señoritas de ocasión. Eran -dicen- los tiempos en que había cabaret –“cabarute” en la jerga alcoholizada-, algunos muy famosos y cuyos nombres han pasado a la historia, como “El 13”; “Play Boy”, y el mítico “1514”, que según me contaron se hallaba en la calle Córdoba en ese número.

Decían aquella noche los viandantes, que en cierta ocasión, un fulano que tutelaba ese dicho antro (1514), se hallaba en trance de abrir el negocio, cuando un sujeto de afinado traje claro y que se identificara como jurisconsulto, le solicitó “Necesito agasajar a unos amigos y quiero cerrar una noche el lugar para nosotros” (SIC).

Obviamente, el trato se cerró “ipso facto” y tras una inspección “de visu” al lugar, todo fue arreglado de conformidad.

El relato continúa diciendo que el día fijado llegaron al lugar los honorables jurisconsultos y sus amigotes, todos quienes se dieron a la refriega gastronómica, la incontinencia etílica y la indolencia sexual. Agregan, que llegadas las primeras luces del alba y tras una búsqueda de sus respectivas ropas, llegó la hora de hacer la vaca para pagar los servicios prestados.

La cosa es que los excesos habían subido la factura más allá de los billetes que portaban. “Aquí falta plata”, dicen que reclamó el regente. Entonces fue cuando uno de los magistrados, habría sacado su pistola 11,25 “Ballester Molina” y altivo respondiera: “Le dejo mi arma como garantía por la diferencia”, a lo que el propietario aceptó.

Siempre al decir de estos vagabundos judiciales, la pistola jamás volvió a ser reclamada, obvio, tampoco pagada la diferencia por la juerga judicial. La dicha arma, habría ido a parar a un armario del famoso cabaret, donde durmió el sueño de los justos por largo tiempo.

Llegarían los días en que los gobiernos de facto, además de correr a los honrados políticos elegidos por el pueblo (en tiempos en que el pueblo elegía a sus gobernantes), concurrían en auxilio de los jerarcas católicos que anidaban en el “cotorro” -como decían los zurdos, los ateos, los descreídos y los maledicentes de siempre, allá por los 70- de la calle España al 500, controlando que la moral social no se derramara en los lupanares y casas de citas visitadas por palurdos y también hijosdalgos.

En una de esas “entraderas” policíacas al famoso “1514”, tras revisar todos los rincones de aquella casa de tolerancia, fue hallada la pistola que alguna vez dejara el conspicuo magistrado, razón por la cual el propietario fue detenido, apresado y conducido a una celda, para ser juzgado por el arma y todos los demás pecados que se le pudieran adjudicar.

En ese punto, el “ave negra” (SIC) que lo asistía supo decirle: “si admitis la tenencia del arma y pagamos una fianza, te saco enseguida”. A lo que el ahora preso, respondió: “¡No, de ninguna manera! Que me lleven a juicio y yo voy a contar quién fue el que me dejó el arma, en qué circunstancias y para qué.

Entre risotadas y jocosos comentarios “ad hoc”, que la decencia nos impide reproducir, entre “acusos” y tragos, se comentó que el dueño del “1514”, fue puesto en inmediata libertad. Lo que nadie pudo decir es qué destino finalmente tuvo aquella arma.

Podemos relatar este episodio porque el Espíritu Santo ya hizo su trabajo con el dicho implicado y ahora ex propietario de la automática, y el famoso “cabarute”, hoy es una carnicería, cuyo frente mal pintado de blanco y con gruesas letras rojas, ya ha inhumado en el olvido para las generaciones presentes lo que fuera aquel lugar.