SALTA – POR ERNESTO BISCEGLIA. – Entre las figuras descollantes del siglo XIX, que con sus aciertos y errores fundaron la nacionalidad de este país, la de Domingo Faustino Sarmiento, es ciertamente, una de las más polémicas. Claro, que el error de cierto revisionismo ideologizado consiste en pensar a esa gente con parámetros actuales, lo cual constituye además de un error histórico, una barbaridad.
El ilustra sanjuanino es uno de los nombres más resonantes en la historia de la educación argentina. «Padre del Aula» y séptimo presidente de la Nación, Sarmiento se erige como el gran arquitecto del sistema educativo argentino, cuyas bases y principios siguen vigentes hasta el día de hoy, más allá de que su figura no esté exenta de controversias.
Sarmiento fue un hombre pasional en todo sentido, particularmente en materia de educación como herramienta de progreso y civilización. Durante su exilio en Chile, estudió y se inspiró en los sistemas educativos europeos y norteamericanos, convencido de que la única forma de sacar adelante a esa Argentina incipienta del atraso era a través de la educación universal, gratuita y laica. Su obra «Facundo, o civilización y barbarie» no sólo es una crítica a la barbarie del interior argentino, sino también un alegato a favor del progreso que representaban las ideas ilustradas y civilizatorias, en las que la educación jugaba un rol fundamental.
Como presidente (1868-1874), Sarmiento impulsó reformas significativas en el ámbito educativo. Fundó más de 800 escuelas, estableció la primera Escuela Normal en Paraná para la formación de maestros y promovió la llegada de maestras norteamericanas para capacitar a futuros docentes. Gracias a su administración, el analfabetismo disminuyó significativamente, sentando las bases del sistema educativo moderno de Argentina. Sarmiento creía que «educar al soberano» era la mejor forma de consolidar la democracia y la ciudadanía responsable.
Sin embargo, también fue un hombre de marcadas contradicciones. A pesar de su afán por la educación universal, su visión de «civilización» excluía a sectores importantes de la sociedad, como los pueblos originarios y los afroargentinos, a quienes muchas veces despreció abiertamente en sus escritos.
Su enfoque también era profundamente eurocentrista, creyendo que sólo los modelos educativos y culturales importados de Europa y Estados Unidos podían redimir a la Argentina de su «barbarie». Aquí se abre un debate sobre si su proyecto educativo, aunque exitoso, también fue un proyecto de homogeneización cultural y exclusión social.
A más de un siglo de su muerte, Sarmiento sigue siendo una figura divisoria. Sus contribuciones a la educación son innegables, pero su enfoque excluyente y su desprecio por las culturas nativas y populares plantean interrogantes sobre cómo se debe interpretar su legado en una Argentina diversa y multicultural. ¿Puede Sarmiento seguir siendo el paradigma de la educación argentina en un contexto donde la inclusión y el respeto por la diversidad son valores fundamentales? De allí, precisamente, que no se pueda ni se deba ejercitar un juicio ligero con figuras de la historia de la talla y dimensión de Sarmiento.
Más allá de todas las consideraciones, el legado de Sarmiento es innegable y debe ser revisado con una mirada crítica y no subjetiva, menos ideologizada. Tal vez, en ese balance, encontremos la clave para entender mejor nuestro pasado y proyectar un futuro educativo más inclusivo y plural.