24 de Agosto, Día del Lector: “La hoguera fría”

POR: MAXIMILIANO BRAVO MAZZONI – www.ernestobisceglia.com.ar

En Argentina, cada 24 de agosto se celebra el Día del Lector, fecha elegida por coincidir con el nacimiento de Jorge Luis Borges, quien prefería jactarse de los libros leídos antes que de los escritos. Hay algo más que modestia en esa afirmación: una intuición profunda sobre la lectura y sobre la manera en que aquello que leemos termina formando parte de lo que somos. Ortega y Gasset escribió que el hombre «va acumulando ser».

Cada generación recibe una herencia hecha de experiencias, descubrimientos, errores, preguntas y formas de mirar el mundo; la lectura participa de esa herencia de una manera singular: nos permite incorporar experiencias que jamás vivimos, pensar junto a quienes nos precedieron y extender los límites inevitables de una sola existencia. Leer es, en el fondo, entrar en una conversación que comenzó mucho antes que nosotros.

Esa conversación atravesó épocas en las que una idea escrita podía convertirse en una amenaza mortal, tanto para quien se atrevía a plasmarla como para el lector clandestino que arriesgaba todo al recorrer sus páginas. La historia conserva demasiadas escenas donde el poder religioso, político, económico o simplemente fanático comprendió con claridad la fuerza de las palabras.

Las comprendió tanto que hubo quienes temieron más a una biblioteca que a un ejército. Hubo manuscritos emparedados, páginas copiadas en secreto a la luz de una vela, imprentas clandestinas y hogueras alimentadas con bibliotecas enteras. Hubo, sobre todo, hombres y mujeres para quienes el fuego dejó de ser figura retórica y se volvió destino; algunos fueron condenados junto con sus ideas, mientras que otros sobrevivieron solo porque sus textos lograron escapar antes que ellos. Durante siglos, escribir y leer pudo costar la libertad, el destierro e incluso la vida.

Cuando una sociedad quema un libro, ataca algo más que el papel: clausura el diálogo entre alguien que pensó y alguien que todavía no ha nacido. Y, sin embargo, muchos de esos libros sobrevivieron al índice de prohibiciones, a los censores, a las guerras y a los fanatismos. Cruzaron fronteras escondidos en equipajes, atravesaron siglos traducidos por manos anónimas y llegaron hasta nosotros como llegan ciertas reliquias: maltrechas, pero vivas.

Ese triunfo debería conmovernos, porque aquello que durante siglos fue escaso, perseguido o inaccesible hoy se encuentra al alcance de la mano. Nunca hubo tantos libros disponibles ni fue tan sencillo conseguir una obra que antes exigía viajes, fortunas o salvoconductos. Bibliotecas públicas, ediciones económicas, archivos digitales, textos libres, librerías físicas y virtuales: el mundo puso ante nosotros una abundancia que habría parecido milagrosa a casi cualquier lector de otro tiempo.

Pero ocurre algo extraño: ya no hace falta prohibir los libros para que desaparezcan, basta con ignorarlos.

Ese es uno de los rasgos más silenciosos de nuestro tiempo: la indiferencia puede conseguir, lentamente, aquello que antes buscaba la censura. Las plazas ya no arden; el polvo hace su trabajo. Los autores siguen hablando, aunque cada vez haya menos oídos dispuestos a escucharlos, y las bibliotecas permanecen abiertas, aunque sus puertas se vuelvan invisibles para quienes han perdido el hábito de atravesarlas. Antes se clausuraba el acceso al libro; hoy el acceso existe, pero falta muchas veces el gesto mínimo y decisivo de abrir sus páginas.

Lo esencial es el hábito de leer, del que el libro constituye apenas una de sus formas. La lectura carece de jerarquías morales automáticas: acumular páginas jamás volvió sabio a nadie. La experiencia nos transforma únicamente cuando algo de lo leído logra incorporarse a nuestra propia vida: una pregunta que antes no nos habíamos hecho, una mirada capaz de contrariar la nuestra, una existencia ajena que por un instante aprendemos a contemplar desde adentro. Dejar de leer es renunciar a una de las pocas experiencias humanas que nos permiten salir de nosotros mismos.

Cada libro abierto es una conciencia que vuelve a hablar; una persona que tal vez murió hace siglos regresa a decir: «esto vi, esto pensé, esto temí, esto amé». Leer es aceptar esa invitación. Por eso hay algo profundamente amargo en ver cómo textos que sobrevivieron al fuego, a la cárcel, al exilio y al tiempo terminen apagándose en la abundancia. Que una obra que escapó de la censura encuentre su final en una pantalla que desplazamos con el pulgar encierra una paradoja cruel: atravesó siglos para llegar hasta nosotros y puede perderse ahora en medio de una oferta casi infinita de distracciones.

Dejar un libro cerrado carece de la violencia del censor y del verdugo; aun así, encierra una forma menor y silenciosa de traición, porque un libro cumple su propósito solo mientras alguien lo lee: una voz puede apagarse por simple abandono, aunque haya sorteado todas las prohibiciones.

Asoma entonces una paradoja incómoda: heredamos una libertad que otros conquistaron pagando precios altísimos; recibimos intactas obras que atravesaron incendios, persecuciones y siglos enteros para llegar hasta nuestras manos.

No nos piden esconderlas. Ni que las defendamos. Ni siquiera que comulguemos con ellas. 

Solo nos piden abrirlas.

Aun así, demasiadas veces, frente a ese gesto mínimo que otros no pudieron permitirse, cometemos otro crimen: dejarlas en silencio.