POR: ERNESTO BISCEGLIA – www.ernestobisceglia.com.ar

Hay obras que se construyen para resolver las necesidades de una época. Y hay otras que parecen adelantarse a su tiempo, esperando que las generaciones futuras comprendan finalmente su significado.

El Ramal C-14, conocido históricamente como Ferrocarril Huaytiquina, pertenece a esta segunda categoría. Su historia no es solamente la de una extraordinaria hazaña de ingeniería ferroviaria. Es, fundamentalmente, la historia de una concepción geopolítica que buscó modificar el destino económico del norte argentino.

Cuando Hipólito Yrigoyen decidió impulsar su construcción, estaba planteando algo mucho más profundo que tender rieles sobre la cordillera: proponía romper con una organización territorial que obligaba a las economías del interior a mirar exclusivamente hacia Buenos Aires.

Yrigoyen comprendió que la geografía argentina no terminaba en el Río de la Plata. Que el norte tenía otra frontera económica posible y que, más allá de los Andes, se encontraba el océano Pacífico, puerta de acceso a los mercados de Asia.

Aquella idea, concebida hace más de un siglo, vuelve hoy a adquirir una importancia extraordinaria.

Yrigoyen y la decisión de mirar hacia el Pacífico

Los proyectos para unir ferroviariamente el noroeste argentino con Chile tenían antecedentes anteriores al radicalismo. Pero fue durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen cuando la iniciativa adquirió un impulso político decisivo.

En 1921, el Gobierno nacional dispuso la reanudación de los trabajos y confió la dirección técnica al ingeniero estadounidense Richard Fontaine Maury, quien habría de convertirse en una figura fundamental de la ingeniería ferroviaria argentina.

La obra suponía atravesar la Quebrada del Toro, superar desniveles extraordinarios, construir túneles, puentes y viaductos y llevar el ferrocarril hasta alturas superiores a los cuatro mil metros.

No existían entonces las máquinas ni los recursos tecnológicos actuales. Buena parte de aquella epopeya se realizó con trabajo humano, herramientas rudimentarias y una determinación que hoy resulta difícil imaginar.

El propósito, sin embargo, estaba perfectamente definido: ofrecer a la producción del norte argentino una salida hacia el Pacífico, reduciendo su dependencia de los puertos atlánticos.

Era una concepción federal del desarrollo. El ferrocarril dejaba de ser solamente un medio de transporte para convertirse en una herramienta de integración territorial.

El golpe militar de 1930 interrumpió aquel impulso. Maury fue apartado de la dirección y la obra sufrió paralizaciones y demoras. Los trabajos se reanudaron posteriormente, aunque el proyecto avanzó con dificultades.

Perón y la culminación de una empresa nacional

En 1946, durante la presidencia de Juan Domingo Perón, la construcción recibió un nuevo impulso, dentro de la política de obras públicas e integración económica del Primer Plan Quinquenal.

El 17 de enero de 1948 se produjo la unión de las vías argentinas y chilenas en Socompa. La inauguración oficial argentina tuvo lugar el 20 de febrero de aquel año, aniversario de la Batalla de Salta. Habían transcurrido veintisiete años desde el comienzo de las obras bajo Yrigoyen.

Una publicación de la época sintetizó aquella continuidad histórica con una expresión memorable: «Perón realiza un sueño de Yrigoyen: el ferrocarril Salta-Antofagasta».

Pocas frases expresan con tanta claridad lo que significa una política de Estado: un presidente concibe y promueve una obra, otros gobiernos continúan su ejecución y otro mandatario consigue concluirla.

El Ramal C-14 demostraba que el desarrollo nacional podía trascender los límites de una administración y de una pertenencia partidaria. Pero también dejaba planteado un desafío mayor: construir el ferrocarril no era suficiente. Había que construir la economía regional que justificara su existencia.

GEICOS: los empresarios que pensaron una nueva geografía económica

Décadas después, durante los años setenta, un grupo de empresarios salteños y de otras regiones comenzó a desarrollar una concepción que recuperaba, desde una perspectiva económica más amplia, aquella intuición de Yrigoyen. Surgió así el Grupo Empresario Interregional del Centro Oeste Sudamericano, conocido como GEICOS.

Entre sus impulsores estuvieron empresarios vinculados a la producción, el comercio y la industria regional, convencidos de que el desarrollo del norte no podía continuar dependiendo exclusivamente de las decisiones tomadas desde Buenos Aires.

Su propuesta trascendía las fronteras argentinas. Imaginaban un espacio de integración económica que comprendiera el norte chileno, Bolivia, Paraguay, el sur peruano, regiones brasileñas y las provincias del norte argentino.

Era, en esencia, la concepción de un corredor bioceánico antes de que esa expresión adquiriera la difusión que tiene actualmente.

Y aquí aparece una circunstancia histórica que merece destacarse: cuando GEICOS imaginaba aquella integración, el Ramal C-14 ya existía. La infraestructura que podía vincular a Salta con los puertos del Pacífico había sido construida varias décadas antes.

El problema no era, por lo tanto, exclusivamente ferroviario. Era político, económico e institucional.

Faltaban acuerdos comerciales, infraestructura complementaria, coordinación entre gobiernos y una estrategia sostenida que transformara la conectividad física en desarrollo productivo. Allí, GEICOS comprendió que una región no se integra simplemente porque existan caminos o ferrocarriles. Se integra cuando sus actores económicos, políticos y sociales comparten un proyecto de desarrollo.

Del pensamiento empresario al Norte Grande

Aquellas ideas encontraron nuevas expresiones políticas durante las décadas siguientes. En 1986, por impulso de gobernadores del norte argentino, entre ellos Roberto Romero, comenzó a tomar forma una nueva etapa de articulación regional. En 1987 se suscribió un acuerdo de integración y, finalmente, el 9 de abril de 1999, en Salta, se firmó el Tratado Interprovincial de Creación de la Región Norte Grande.

La integración del NOA y el NEA adquiría así una dimensión institucional.

El propósito era superar la fragmentación provincial y promover políticas comunes en materia de transporte, infraestructura, producción y desarrollo. Entre sus proyectos estratégicos aparecía, precisamente, el Corredor Bioceánico Norte.

Existía una continuidad conceptual entre aquellas iniciativas empresarias y los acuerdos posteriores de los gobiernos provinciales: reconocer que el norte argentino necesitaba constituirse como una región económica integrada, con capacidad de relacionarse directamente con los mercados internacionales. Y nuevamente el Ramal C-14 aparecía como una pieza esencial de esa arquitectura territorial.

El corredor bioceánico y la oportunidad del siglo XXI

Hoy, aquella infraestructura centenaria vuelve a ocupar un lugar estratégico. El crecimiento de la actividad minera, la necesidad de reducir los costos logísticos y la importancia de los puertos del Pacífico para el comercio con Asia modifican las perspectivas económicas del norte argentino.

El Ramal C-14 puede contribuir a conectar la producción salteña y regional con los puertos chilenos, particularmente Antofagasta, y constituirse en un componente fundamental de una red de transporte multimodal.

Pero conviene evitar una confusión: el Corredor Bioceánico no es simplemente un ferrocarril ni una ruta que atraviesa la cordillera. Es un sistema de integración económica que necesita infraestructura ferroviaria y vial, nodos logísticos, acuerdos aduaneros, coordinación internacional, inversión privada y decisiones políticas sostenidas.

Sin esos elementos, el corredor corre el riesgo de convertirse en otra expresión grandilocuente de nuestra habitual retórica del desarrollo.

En octubre de 2026, la discusión ha adquirido una urgencia concreta. La Provincia de Salta y representantes de su sector empresario reclaman que la recuperación de los ramales C-14 y C-15 sea incorporada como obligación, y no como posibilidad optativa, en el proceso de concesión del Belgrano Cargas.

La cuestión no es menor. De esas decisiones dependerá, en parte, que la conexión ferroviaria con Chile pueda alcanzar una escala de transporte acorde con las nuevas necesidades productivas.

La historia nos dejó los rieles y ahora a los salteños nos corresponde construir el futuro. En todo esto existe una enseñanza que atraviesa toda esta historia.

Yrigoyen comprendió que el norte argentino necesitaba mirar hacia el Pacífico. Perón consiguió culminar la obra que materializaba aquella visión. Los empresarios de GEICOS imaginaron una región económica integrada. Los gobernadores del Norte Grande procuraron darle institucionalidad política. Ninguno de esos esfuerzos debería considerarse aislado.

Son momentos diferentes de una misma aspiración histórica, aquella de superar la dependencia de un modelo territorial excesivamente concentrado y permitir que las provincias del norte construyan nuevas oportunidades de desarrollo.

Por eso, hemos adelantado que hoy necesitamos un Pacto Provincial para consolidar el Corredor Bioceánico, no estamos proponiendo una ocurrencia circunstancial ni una consigna destinada a sobrevivir hasta las próximas elecciones. Estamos planteando la necesidad de recuperar una continuidad histórica y transformarla en un compromiso político, económico y social verificable.

El Ramal C-14 demuestra que los grandes proyectos pueden sobrevivir a los gobiernos que los concibieron. Pero también nos advierte que ninguna infraestructura alcanza por sí sola para modificar el destino de una región.

En definitiva, Salta no necesita volver a descubrir su geografía. Necesita, finalmente, decidir qué hacer con ella. Los rieles están trazados desde 1948. Lo que todavía debemos consolidar es una política de Estado capaz de conducirnos por ellos.

Y esa, además de ser una tarea política de un gobierno, debe ser en realidad, un compromiso social de todos los sectores de esta provincia.  

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