20 de Febrero: la Patria también tuvo rostro de mujer

POR: Lic. LIZI MEJÍAS – www.ernestobisceglia.com.ar

La historia, esa señora solemne que suele escribir con pluma masculina, ha repetido durante más de dos siglos el mismo cuadro del 20 de Febrero: Belgrano al mando, el ejército patriota firme, el avance español detenido para siempre en el Norte. Y sí, es cierto. Fue una jornada heroica. Fue una victoria militar y un golpe político decisivo. Pero en esa postal de bronce falta un detalle que no es menor: la Patria, aquel día, también tuvo rostro de mujer.

Porque la Batalla de Salta no fue sólo una maniobra táctica ni un enfrentamiento entre uniformes. Fue una causa. Y toda causa, cuando es verdadera, no se sostiene sólo con fusiles: se sostiene con cuerpos, con manos, con sacrificios. Se sostiene con decisiones íntimas que no caben en un parte de guerra.

Hubo mujeres que cosieron banderas y mujeres que curaron heridas. Mujeres que ocultaron armas y mujeres que enterraron muertos. Mujeres que callaron para salvar vidas y mujeres que hablaron para encender corajes. Mujeres que dejaron de ser madres, esposas o hijas por unas horas para convertirse en algo más grande y más terrible: en ciudadanas de una Patria que todavía no tenía nombre claro, pero sí destino.

La historia reconoce algunos nombres, aunque siempre tarde y a regañadientes.

Está María Remedios del Valle, la madre de la Patria, postergada durante décadas, acaso porque era mujer y acaso también porque era negra, como si la sangre derramada tuviera tonalidades aceptables y otras que la sociedad prefiere olvidar. Ella no pidió permiso para entrar a la historia: entró herida, entró luchando, entró resistiendo. Y luego la dejaron afuera, como suele hacerse con los imprescindibles.

Y está, por supuesto, Martina Silva de Gurruchaga, esa figura monumental que no necesitó proclamas para hacer patria: la hizo. Bajó desde las Lomas de Medeiros con una tropa de campesinos y decidió el triunfo. No fue un gesto simbólico: fue una acción concreta, física, peligrosa. Fue una mujer apostando su hacienda, su apellido y su vida por una causa que no garantizaba nada, salvo la posibilidad de morir.

Y allí está el punto esencial: aquellas mujeres no sabían exactamente qué era la Patria.

No tenían un manual de civismo, no tenían Constitución, no tenían Estado, no tenían certezas. La palabra “Patria” era todavía una intuición, un deseo, una promesa difusa. Sin embargo, ofrecieron lo más valioso que tenían: su familia, su hogar, su futuro.

Dieron lo único que no se recupera: el tiempo. Y dieron lo único que no se reemplaza: la vida.

Hoy, más de dos siglos después, nosotros sí sabemos qué es la Patria. La nombramos con facilidad. La invocamos en discursos. La usamos en campañas. La repetimos en actos escolares. Y sin embargo, quizás por esa misma costumbre, la Patria se nos ha vuelto una palabra cómoda, gastada, utilitaria. Una palabra que muchos pronuncian para obtener cargos y pocos honran con sacrificio.

Por eso conviene volver al 20 de Febrero desde una mirada distinta. No para romantizar el pasado, sino para interpelar el presente.

¿Qué nos dejaron aquellas mujeres? No sólo un ejemplo: nos dejaron una pregunta.

Porque si Martina Silva de Gurruchaga bajó con campesinos para sostener una victoria, si María Remedios resistió la guerra con el cuerpo, si tantas otras mujeres anónimas empeñaron bienes, lloraron hijos y siguieron adelante… entonces cabe preguntarse, sin hipocresías: ¿qué hacemos hoy con ese legado?

¿Qué hacen las mujeres en la política, en los cargos, en los altos cargos, en las instituciones, en las oficinas donde se administra el destino colectivo? ¿Qué hacen por esta Patria concreta, real, existente, con problemas urgentes y dolores visibles?

Y la pregunta no es una acusación: es un espejo.

Porque la Patria no se construye con declaraciones sino con conducta. No se sostiene con retórica sino con coraje. No se defiende con banderas en un balcón sino con decisiones que incomodan, que cuestan, que arriesgan prestigio y poder.

Aquellas mujeres no tuvieron ministerios, ni micrófonos, ni protocolos. Tuvieron lo más difícil: responsabilidad sin aplauso. Heroísmo sin selfie. Entrega sin marketing.

Quizás por eso su ejemplo todavía arde.

El 20 de Febrero no debería ser solamente un desfile ni un feriado. Debería ser un día para recordar que la Patria no fue un regalo: fue una deuda pagada con sangre. Y que muchas de las cuotas más altas de esa deuda las pagaron mujeres, conocidas y desconocidas, que no esperaron reconocimiento porque estaban ocupadas en algo más importante: sostener el porvenir.

A ellas no les interesaba la gloria. Les interesaba que el Norte no se rindiera. Que el futuro no se arrodillara. Que el país naciera.

Y hoy, que el país existe, que la Patria ya tiene forma, fronteras, instituciones y heridas, corresponde preguntarnos con honestidad brutal: si ellas hicieron tanto cuando la Patria era apenas una idea… ¿qué estamos haciendo nosotros ahora que la Patria es una realidad?

Porque la Patria no se declama. La Patria se merece.

Y las mujeres del 20 de Febrero, con su coraje silencioso y definitivo, nos dejaron una lección que no envejece: cuando llega la hora de la verdad, la historia no pregunta género ni apellido. Pregunta quién estuvo. Y quién se animó.