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Cuando en la aldeana ciudad de Salta resucitaron los difuntos

La herencia hispana en los pueblos marcó a fuego en los espíritus la dualidad entre el Cielo y el Infierno, con la promesa "in perpetuum" de una resurrección de los muertos en algún momento de la futura historia. Pero... ¿Qué ocurriría si esa resurrección se diera de pronto y entre los todavía vivos?

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- La Ciudad de Salta, como todas las de herencia española, fue diseñada y construida según el modelo o «instructivo» del rey Felipe II, dado a los fundadores. Es la típica ciudad de trazo a cordel, cuadriculada, con una plaza central en cuyo medio se plantaba el rollo, un tronco donde se ajusticiaba a los reos. El Acta fundacional dice claramente: «Al norte, un solar para la iglesia matriz, a su lado, un solar para casa del señor obispo. En frente -al sur-, un solar para el cabildo o casa de justicia…» y así. Comprobamos esta disposición en la Plaza 9 de Julio y vemos que se repite en casi todas las ciudades hacia el norte, sobre todo en lo que fuera el Alto Perú.

En esa disposición de solares, los cementerios se ubicaban lo más lejos posible de los pueblos y esto por dos razones: por higiene, si bien los enterratorios se hacían en las iglesias y aledaños, y por la superstición de que «los muertos no vuelvan a la ciudad».

Pero… ¿Y si un día se levantaran de sus tumbas y se mezclaran con nosotros? ¡Imaginad aquello!

Era la noche una inmensidad oscura y silenciosa en la aldea de la colonial Salta, donde el progreso de las mentes mantenía el cerrojo de una religión atávica. A unos kilómetros del centro mismo de aquella subdesarrollada urbe, en la medianoche de aquel invierno, una bruma espesa se arrastraba entre las tumbas del antiguo cementerio, mientras la Luna llena iluminaba las lápidas gastadas.

Tras los muros de un Convento, algunos frailes luego de cumplir con el rito de «Vísperas y Completas», dedicados a los estudios de las tres magias consultaban los libros de la Magia Blanca, la Roja y la Negra. Entre esos manuscritos hallaron un texto que delataba su procedencia de tiempos antiguos. Era la descripción de un antiguo y misterioso ritual de artes oscuras, un conjuro que prometía traer a los difuntos de regreso a la vida.

Fray Junipero de las Bayas, con sus ojos brillando con una mezcla de emoción y temor, pronunció las palabras arcanas mientras las velas titilaban a su alrededor. En ese momento, la tierra tembló ligeramente, y una energía inexplicable llenó el aire, abriendo violentamente las ventanas y las puertas, desordenando el ambiente y apagando las velas mientras los frailes buscaban refugio donde pudieran, sin saber que aquel no era un viento, sino la tromba de espíritus que ellos habían despertado.

Un fino silbido tajó la medianoche helando las entrañas de quienes aún despiertos lo escucharon. En ese preciso momento, en el cementerio, las tumbas comenzaron a temblar, y de entre la tierra emergieron sombras pálidas que comenzaban a moverse titubeantes. Eran los difuntos resucitados que con las cuencas de sus ojos vacíos ahora brillaban con una luz sobrenatural. Y vìnose aquello en una manifestación de entidades errantes que no recordaban sus vidas pasadas, solo miraban fijamente hacia adelante y tomaban el camino de esa Salta aldeana.

Los vecinos de aquel suburbio al ver pasar esa horda intangible y vagabunda huyeron con premura a dar aviso y uno de los frailes se colgó de la gruesa soga que comandaba el badajo de la campana. El umbral de aquella madrugada se sacudió con el tañido espeluznante.

La noticia de la resurrección se extendió rápidamente por la aldea, sembrando el pánico entre los habitantes. Aquellos que habían perdido a sus seres queridos se enfrentaron a la dolorosa elección de aceptar la presencia de los resucitados o rechazarlos como abominaciones. ¿Qué hacer? Discurrir entre el amor existencial grabado en la memoria afectiva o recibir nuevamente al o a la que amaron otra vez entre ellos.

Sin embargo, entre los resucitados que buscaban sus antiguos domicilios no había actitud de fiereza demoníaca sino que, a pesar de sus aspectos espectrales, sus miradas estaban llenas de amor y comprensión. Los que hallaban a sus deudos se acercaban a ellos con una calma sobrenatural, como si recordaran algo que los demás habían olvidado.

La muerte había igualado a todos, ya los ricos inhumados en sus lujosas vestiduras, ya los pobres enviados al foso apenas con lo puesto, todos lucían la misma y andrajosa apariencia.

Comprendieron todos al ver a sus amados ancestros, a sus maridos o mujeres, a sus hijos, que el precio de no respetar la paz de los difuntos y hacer de la vida propia un despilfarro de felicidad y amor era muy alto. Si bien recuperaban a sus afectos, también se desencadenaría una serie de eventos que sacudirían la paz de la religiosa aldea.

Los salteños se vieron obligados a enfrentar a sus miedos y prejuicios. La soberbia de clases y la codicia por el poder y el dinero a costa de la postergación de la mayoría, las infidelidades y las traiciones…, todo se reducía a la nada y aquellos espectros les hacían ver la miserable condición del ser humano que no comprende que la Vida, al fin de cuentas, se resuelve «Más Allá».

Y tuvieron que decidir cómo convivir con aquellos que habían regresado de las tumbas. La resurrección, aunque un regalo para algunos se convirtió en una carga para otros, y el pueblo se vio inmerso en una lucha por aceptar lo desconocido.

De pronto, se vivió una gran paradoja… ¿Qué hacer con las tradiciones religiosas? ¿Para qué servía sacar a los Santos Patronos en procesión? ¿Debían las Imágenes protegerlos de aquello que más temprano o más tarde les alcanzaría a todos? ¿Para qué servía el poder político y la inmisericorde acumulación de bienes y dineros y la trastornada religión?

La noche continuó su curso, con los resucitados deambulando entre los vivos, recordándoles que el equilibrio entre la vida y la muerte era frágil y que las acciones de un hombre podían tener consecuencias inimaginables.

Y aquella soberbia aldea de Salta, ahora marcada por esa dualidad existencial, enfrentaba un futuro incierto en el que los límites entre la vida y la muerte se desdibujaban… y donde muchos comprendieron que lo mejor era que el pasado continuara sepulto en el tiempo transcurrido y que el futuro no era conveniente que les preocupara. –

 

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