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Ensayo Breve: ¿Son felices los corruptos? o la traición de no ser feliz que lleva al alma al último Círculo del Infierno

Uno de los grandes problemas del hombre contemporáneo reside en la búsqueda de la felicidad, un anhelo tan antiguo como la humanidad, pero que en los tiempos actuales asume el carácter de un conflicto que tiene base espiritual... Por qué... ¿Qué es lo que nos hace felices, lo que logramos como crecimiento interno, o la satisfacción que nos otorgan los bienes que conseguimos? En la raíz de este tema que ya los griegos abordaron y Séneca definió con gran aserto, la psicología moderna lo atribuye al "Locus de control", es decir, a lo que creemos que tiene el control de nuestra vida.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- De suyo la vida está repleta de ansiedades, espirituales, emocionales, afectivas y materiales. Pero la progresiva pérdida de la espiritualidad en el hombre ha trastocado el orden de los valores y las categorías llevando a la sociedad moderna al consumo como prioridad frente a la formación interna, personal. La sociedad de consumo a través de la propaganda parece haber impuesto que la felicidad se colma en la obtención de bienes y servicios sin los cuales la vida no se plenifica. No es malo desear más y mejores bienes, no se trata de ser un estoico ni llegar a los límites de un Diógenes de Sinope y vivir en un barril.

Se trataría a priori y acaso, de lograr ese equilibrio interno entre el Locus de Control (LC) interno, cuestión propuesta por Jullian Rotter en su «Teoría del Aprendizaje Social», allá hacia los años sesenta del siglo pasado, que hace referencia a que lo que pensamos que tiene el control de nuestra vida.

Ese LC puede ser interno cuando creemos tener el control de lo que nos ocurre, o bien, externo cuando pensamos que son otras personas o las circunstancias las que dominan nuestra vida. De ese balance, por ejemplo, surgirá un concepto que llamaremos «Felicidad».

Según esta Teorìa del Aprendizaje Social de Rotter, nuestra conducta resulta una continua interacción entre los determinantes cognitivos, conductuales y ambientales; es decir, somos lo que elaboramos en el inconsciente y encuentra balance con las interactuaciones del medio y del ambiente. Ese balance concluirá en la percepción de control o no control que tengamos sobre los eventos que nos suceden y marcan la sensación sobre el curso de vida que estamos llevando.

En una primera conclusión y siempre en el marco de un sobrevuelo teórico, se comprende, podría afirmarse que alguien con LC interno puede atribuir su felicidad a sí mismo; ergo, si quiere ser feliz, puede trabajar sobre este aspecto.

Para los investigadores, el LC interno favorece una vida más saludable, porque quienes tienen un LC externo están propensos a pensar que lo que ocurre en sus vidas depende del azar, de los astros, de la constelación familiar, incluso de Dios, sea como lo perciban, y ello puede afectar su paz espiritual y en definitiva su felicidad.

Dice Rotter en un párrafo claramente que: «Las personas con locus interno son conscientes de que pueden hacer algo para cambiar las situaciones y que, en muchas ocasiones, son responsables de lo que les pasa.»

Por último hay que advertir que al revés, un LC interno excesivo puede llegar a que la persona atribuya que aquello que le ocurre es exclusiva responsabilidad suya y ser presa del complejo de la culpa, lo cual atenta contra ese concepto de felicidad y puede desbarrancarlo en un estrés demasiado alto.

La felicidad en la filosofía griega

Puede decirse que esta cuestión de la felicidad ha sido una obsesión que atraviesa desde el pensamiento griego, pasa por la literatura clásica y llega hasta las ideas de Zigmun Bauman en la actualidad.

A esto lo comprobamos cuando se parte de aquella «eudaimonìa» que incluía incluso a la suerte, pasando por el «happines» (de «hap» o tener suerte), el «bonheur» francés que une lo «bueno con «heur» o suerte, y todas las acepciones del mundo latino como «felicità», «felicidade» y «felicidad«, que hallan su génesis en la voz latina «felix», que significa afortunado.

Entonces… ¿Ser feliz es una cuestión de suerte? Para el caso de una pareja, alcanzar la felicidad es «tener la suerte» de hallar a una buena persona. Y en todo caso, ¿Qué es una buena persona? Será entonces que a la hora de «emparejarnos» ¿debemos preguntarle cómo está su Locus de Control interno y recién decidir?

Si pensamos que esta respuesta viene siendo buscada desde hace aproximadamente miles de años según los psicólogos evolucionistas que aseguran que la búsqueda de la felicidad es lo que nos ha permitido sobrevivir como especie, mal nos encontramos si tratásemos de significar una conclusión en este breve espacio.

Sin embargo, pensamos con Bertrand Russell, que la felicidad es una conquista y hay que trabajar para alcanzarla, al menos hasta donde se pueda, claro.

De hecho, la filosofía que ha intentado explicar el obrar humano, nunca especuló incisivamente en esta cuestión de la felicidad que termina siendo un concepto complejo, «incluso impenetrable», dice Victoria Camps, catedrática emérita de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona, quien abordó este tema en su último libro «En busca de la felicidad».

Si la mayor preocupación para los griegos fue discernir sobre el «ethos» y este concepto estaría íntimamente ligado con el de felicidad, y definimos al «ethos» como «aquello que hace que cada hombre sea determinado hombre y no otro», esto nos vincularía con la teoría del LC interno que analizamos «ut supra».

Así, el «ethos» está relacionado con la virtud, es decir, vivir una buena vida; y una «buena vida» es en términos generales, una vida feliz.

En este punto incluso podemos relacionar esa felicidad con la política, porque para Aristóteles, por ejemplo, el hombre sólo es feliz en la «Polis», en la ciudad, y la responsabilidad del político (conductor) es lograr ese fin último aristotélico de que el Estado es para que sea feliz el ciudadano…, una idea que no se estaría logrando en nuestros días.

 

Del «Ethos» griego al Locus de Control y una primera conclusión sobre la felicidad

Hilvanados todos estos conceptos, aunque magramente analizados, podemos arriesgar una primera conclusión sobre la felicidad que sería aquella de vincular a la felicidad con la ética, es decir, con el carácter o personalidad de cada, lo cual nos revela que no existe un código o un listado de normas para acatar y que conduzcan a la felicidad, sino que es una cuestión de elaboración personal.

Aquí es donde fracasan, por ejemplo, las religiones y la política, ya que el concepto de felicidad está intrínsecamente, íntimamente, ligado al de Libertad que colisiona per se con cualquier tipo de dogma. PARA SER FELIZ, PRIMERO HAY QUE SER LIBRE.

Y ¿Cómo se logra esa Libertad? Llevando una vida virtuosa y ética. He allí la condición imprescindible para ser feliz.

Ese balance no se logra en soledad, nadie es feliz sólo existencialmente. El «super yo» contribuye decididamente y de allí la importancia del balance, porque pensando en uno mismo será muy difícil ser feliz ya que la naturaleza del hombre es ser gregario, vivir en comunidad. Ya lo decía también Aristóteles: «Fuera de la comunidad, sólo viven los dioses o las bestias».

 

Entonces ¿Los corruptos no pueden ser felices?

La pregunta tiene hasta un cierto tinte jocoso, si se quiere, porque nos preguntaremos ¿Acaso los libertinos, los venales, los filibusteros de la cosa pública, los prostibularios de la Verdad, los políticos y los curas desviados, no pueden ser felices?

A esta cuestión la plantea Calicles -nada menos que un sofista-, citado por Platón en el «Gorgias», quien sostiene que «nadie quiere ser ético ni virtuoso, sino que lo es porque no le queda otro remedio ya que ley o el temor a la censura social lo obligan a ese comportamiento ético».

Este planteo de Calicles pugna con el pensamiento de Sócrates y plantea un gran dilema moral: ¿es mejor sufrir una injusticia o perpetrarla?

Obviamente, el «ethos», la ética, señalará el camino de que padecer una injusticia es preferible a perpetrarla; ergo, el injusto, el corrupto, el malviviente, al no llevar una vida virtuosa, no puede ser feliz.

El concepto es obviamente teórico, pues cuando levantamos la vista y observamos a los corruptos colmados de bienes y placeres, con poder y capacidad infinita para procurárselos, sonrientes como van por la vida, no es menos preguntarse: ¿No son acaso felices?

Pues a esta «quaestio» diremos que las sonrisas mayormente ocultan las lágrimas.

Concluiremos, pues, de que la felicidad no está en la posesión de bienes ni en el otorgamiento de placeres al cuerpo, sino en un estado de bienestar, de virtud interior. ¿Tenía razón Diógenes de Sinope de vivir en un barril y de rechazar hasta el cuenco para servirse el agua pues tenía la mano?

Los estoicos fueron profundos investigadores de esta cuestión de la felicidad y afirmaban con la Escuela Cínica (Diógenes) que «había que vivir conforme a la naturaleza y que la felicidad se alcanzaba llevando «una vida digna de ser vivida». Era el balance entre el mundo real y el sentir interno, se adelantaban a ese concepto del LC interno.

 

La felicidad en el pensamiento medieval

Tenemos al medioevo como la cuna del oscurantismo lo cual es una falacia porque fue una época de gran lucidez mental y espiritual, apagada por la prédica de la Iglesia Católica, particularmente cercenadas aquellas ideas de progreso de la conciencia con el Concilio de Trento (1545-1563), que definió qué era la «Verdad» y que todo aquello que no se ajustara a esa «Verdad» era declarado herejía.

Si venimos concluyendo en que la felicidad es un estado individual e íntimo, un estado espiritual que informa a la psiquis, luego de Trento, la felicidad se hallaba únicamente en el devocionario católico y no existía ninguna otra manera de alcanzarla sino siguiendo el dogma teocéntrico «El hombre y el mundo son para Dios».

No vamos a explayarnos en todo eso, sino que iremos en busca de una conclusión que se base en las antípodas de este último criterio atávico, restrictivo y absurdo, hijo de Trento y del papado, que serán los pensadores del Renacimiento quienes invirtieron el eje del pensamiento hacia un antropocentrismo donde «El hombre y el mundo son para el hombre». Cuidado, antropocentrismo elaborado en una Libertad plena de conciencia, pero basado en el concepto de Dios como Creador y Numen de la humanidad, pues, la Razón -el otro gran don de Dios al hombre- y enemiga del catolicismo, era en el bajo medioevo la facultad humana más importante que nos acercaba a Dios.

 

Dante Alighieri y la felicidad como pasión humana que puede conducir al Cielo (felicidad) o al Infierno (desagrado con Dios)

Analizar el pensamiento dantesco es de suyo un atrevimiento en un espacio tan mezquino. El gran florentino (Florencia, c. 29 de mayo de 1265-Rávena, 14 de septiembre de 1321), elabora su magnífica Obra «La Divina Comedia» a partir de un amor contrariado por su idealizada Beatriz, quien finalmente casó con otro y falleció a los 25 años. Si no hubiese aquel encuentro casual en una esquina de Florencia con Beatriz y el enamoramiento instantáneo y profundo de Dante la «Commedia» no hubiera sido escrita.

En esta obra el tema de la felicidad, aunque ya tratado en sus Obras Menores anteriormente, se liga a la política porque Dante fue un apasionado político de su tiempo.

Esta teoría política de Dante opera sobre una nueva perspectiva que nace en la Modernidad. Funda la idea de la separaciòn de la Iglesia y el Estado. Pues sólo en el Estado laico se perfecciona la Libertad y se plantea el desafío de que la Justicia se perfeccione ya que «Sólo en una sociedad donde reina la Justicia y el orden, es posible la Libertad humana». Señala.

Evidentemente, en este país y particularmente en esta provincia de Salta, con la Justicia que tenemos, ese concepto de «felicidad humana» está lejano.

Pero al margen de estas consideraciones, Dante plantea un paso importante hacia el reconocimiento de la dignidad humana que es la resultante del correcto ejercicio y equilibro entre los derechos y las obligaciones del ciudadano, cuyo resultado impactará en el interno del individuo determinando su felicidad. Aparece otra vez el desafío del LC interno.

Vivimos un Estado de Derecho pleno -el sueño de Dante-, o supuestamente pleno, donde se desafía a la felicidad individual del individuo ya que estamos lejos, muy lejos, de cumplir con el ideal aristotélico de que «El fin último del Estado es la felicidad del ciudadano».

De esta manera y extrapolando términos, en las actuales circunstancias, la felicidad, o tratar de alcanzarla, se reduce a un estadio íntimo, al manejo de ese LC interno.

Pues se puede ser feliz en medio de las circunstancias adversas y caóticas. Podría proponerse como ejemplo aquel personaje de Roberto Benigni en esa magnífica película «La vita e bella«, donde a pesar de la muerte y la esclavitud de un campo de concentración nazi, el protagonista mantiene el espíritu, no sólo para ser fuerte él, sino lo más importante, para que su hijo no pierda ese estado de felicidad.

Por lo demás, y tal vez como una conclusión apriorística y elemental, podríamos decir que la Felicidad es un concepto posible sólo en el marco de una vida virtuosa y ética, un desafío al equilibro interno basado en la Fe.

La felicidad es un acto volitivo propio, ajeno a gurús, curas o psicólogos; es un esfuerzo de racionalidad y de equilibrio interno. Un amarse a sí mismo en un sentido espiritual y no narcisista, obviamente.

Es un gran trabajo interno.

Quien no hace ni el esfuerzo por ser feliz traiciona su propia naturaleza que tiende hacia esa felicidad y perjudica al entorno, a su familia, a su comunidad.

Quien no es feliz es causa de discordia y responsable de los cismas religiosos y polìticos, hasta «guerras civiles», dice Dante, también, destructor de «hombres y familias».

A esos, los que no hacen ese esfuerzo por ser felices, los que traicionan su propia Naturaleza que marca la tendencia hacia la felicidad, Dante los coloca en el último de los Círculos infernales, donde habita el propio Demonio:

Si, los que no procuran la felicidad propia ni la de su comunidad van al Noveno Círculo, donde se aloja a los «Traidores a sí mismo, a la Patria y a Dios».

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