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Oda al Médico: Sana, sana, colita de rana…

¿Quién no recuerda a ese médico que en su infancia llegaba en las noches, bajo la lluvia a veces, para atender nuestra fiebre convocado por nuestros padres? ¿O la espera impaciente del facultativo para que aliviara la dolencia de nuestros padres ancianos? Llevamos en el alma como impronta aquella figura del "Médico de familia", que en sus tiempos era el que curaba el cuerpo y en ocasiones el alma. Nuestro homenaje a todos ellos, algunos de los cuales ya no están entre nosotros físicamente pero viven en el alma, porque fueron parte vital de nuestra existencia.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- La ciencia médica, en particular la anatomía griega remonta sus orígenes al antiguo Egipto. Luego con Almeòn de Crotona (hacia 5000 a. de J.C.) quien proporciona los primeros datos de observación anatómica animal.

Pero la memoria popular reconoce en Hipócrates de Cos (hacia 400 a. de J.C.) como el fundador de la ciencia médica y también precursor de la Ética Médica. Contemporáneo de Sócrates, a pesar de no haber visitado Atenas y no conocerlo personalmente, los principios éticos de éste eran conocidos en toda Grecia, consitiendo en que «El bien es el principal fundamento universal de la ética, por lo tanto, es el fin supremo del hombre, luego, debe ser aplicado por el médico», dirà Hipòcrates.

Pertenecemos a la generación que conoció aquellos médicos sabios, de aquellos que veían al enfermo en su entidad ontológica más profunda, cuando primero en el paciente estaba el Ser antes que el proceder.

Buscaban aplicar la virtud, como la ciencia del Bien -diría Platón-, y consustanciados con Sócrates pensaban que «Basta conocer la virtud para practicarla necesariamente. Por tanto, el hombre virtuoso es el sabio».

De nuestra infancia rescatamos la figura del Dr. Juan Cuesta, quien aplacaba las anginas en medianoches que retaceaba a su hogar para recorrer y socorrer a sus niños enfermos.

En grandes, el Dr. Jorge Ríos, quien acompaña a sus enfermos hasta que se recuperaban o fallecían, y este último caso era el primero en velar porque recibiesen los auxilios de la religión. A la muerte de mi padre, llegó en sus horas de agonía con un crucifijo y me dijo: «Poneselo en las manos y hablale porque mantiene la conciencia». Allí aprendí la esencialidad de lo espiritual frente a hecho material de la muerte. Bien decía Santiago: «Si alguno está enfermo, que llame a los ancianos de la iglesia, para que oren por él y en el nombre del Señor lo unjan con aceite.» (San. 5, 13-18).

Fueron aquellos médicos los que honraron su Juramento y su profesión, y como ellos tantos otros que la memoria histórica va borrando porque nos vamos yendo los que los conocimos.

No elegimos el camino de la medicina, pero su ejemplo ético y profesional ha impresionado nuestro espíritu y a remedo de sus actos tratamos en las distintas profesiones que hemos elegido de cumplir aquel mandato.

Porque hoy en día la sociedad está enferma no sólo del cuerpo sino de la mente y del cuerpo.

No somos médicos, pero honramos su recuerdo tratando de proceder como ellos.
Pensamos igualmente que un médico no es sólo un benefactor del cuerpo, porque su objeto de trabajo es el Hombre -en sentido genérico-, que como diría Aristóteles «Es un compuesto de alma y cuerpo», y admiramos su capacidad para tratar con la ciencia las afecciones corporales y comprender con su mirada y su consejo las dolencias del alma, que muchas veces, quizás las más, son las que provocan los males de la materia.

Pocas palabras, mezquinas, para rendir un homenaje afectuoso y agradecido a quienes estuvieron, a quienes están y dan testimonio de que cumplen con los postulados del Juramento Hipocrático y su síntesis:

«Aplicaré mis tratamientos para beneficio de los enfermos, según mi capacidad y buen juicio, y me abstendré de hacerles daño o injusticia. A nadie, aunque me lo pidiera, daré un veneno ni a nadie le sugeriré que lo tome. Del mismo modo, nunca proporcionaré a mujer alguna un pesario abortivo.»

Mi agradecimiento público también al Dr. Carlos Romero, el «Pila». quien entrega sus horas a título gratuito aliviando las dolencias de quienes lo solicitamos y que como en mi caso, casi nunca hacemos caso.

Mi querido recuerdo al Dr. Daniel Cruz, víctima del COVID y a la Dra. Graciela Parodi, diligente profesional que cura más con su afecto y amor a la profesión que son sus procedimientos y medicinas.

En estos nombres, vaya el homenaje a todos los que eligieron el arte de curar, de prolongar la Vida de los que no cuidamos el cuerpo… y a veces, tampoco el alma.-

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