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¿Quièn fue Monseñor Pedro Reginal Lira?

Evocar la figura de Monseñor Pedro Reginaldo Lira es traer a la memoria el recuerdo de aquella generación de sacerdotes que le dieron brillo al clero de la Provincia de Salta.

POR ERNESTO BISCEGLIA.- Evocar la figura de Monseñor Pedro Reginaldo Lira es traer a la memoria el recuerdo de aquella generación de sacerdotes que le dieron brillo al clero de la Provincia de Salta. La práctica del periodismo me permite hoy hacer memoria de uno de los grandes Maestros que tuvimos que supieron bruñir en un molde inalterable la esencia de la Libertad.

Con sus debilidades humanas, sin embargo, supieron ser verdaderos discípulos de la Palabra haciendo realidad con sus trayectorias aquel mandato del Maestro de Galilea: «Ite et docete omnes gentes», «Vayan y enseñen a todas las naciones» (Mt. 28, 19-20). Y agregaba Jesús: «Hagan discìpulos (…) Enséñenles a cumplir todas las cosas que les he mandado» (Ibidem).

Así lo hizo Pedro Lira, que humanizó su título de Monseñor para ser el Pedro del que todos aprendieron a ser «Ciudadanos de la Biblia», como decía. Fue el apóstol que esparció como semillas el «Kerygma«, como en el primer momento de la evangelización en el pleno sentido de la Palabra. A imitación de San Pablo fue el primero, el fundamental, el que nunca pudo dejar de ser el divulgador del Cristo y su anuncio de la paternidad de Dios.

En su infancia estudió las primeras letras en la Escuela Justo José de Urquiza y luego los eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Salta, luego en Catamarca y finalmente en el Seminario Mayor de Buenos Aires, recibiendo la ordenación sacerdotal nada menos que de manos del arzobispo Roberto José Tavella en la Catedral de Salta en 1938.

Supo ocupar todos los cargos en la Arquidiócesis de Salta, tantos que resultaría largo enunciarlos hasta ser nombrado el primer obispo auxiliar de Salta en 1958.

Su carisma particular fue la potencia en la proclamación del Evangelio, convirtiendo los púlpitos en tribuna desde las cuales estremecía al auditorio con sus enseñanzas plenas de metáforas de fino hilván literario. Recordadas son sus homilías los días 13 de Setiembre cuando en el Triduo del Milagro se celebra el Día de la Virgen, donde desgranaba verdaderas arengas antológicas sobre el papel principal y angular de la mujer en la vida del hombre y del pueblo a inspiración de María.

Pero más allá de sus doctos conocimientos teológicos que le permitían recordar cada capítulo y versículo de la Biblia, Monseñor Lira fue un predicador de la Libertad que subyace en el Evangelio. Su preocupación era liberar mentes y espíritus en la vocación de iluminar desde la figura del Cristo con un mensaje tan potente y liberador que provocara un cambio en las personas y en la sociedad.

Formó en el primer plantel de la recién fundada Universidad Católica de Salta con una larga presencia en las actividades académicas y sociales de esa juventud entre la cual se mezclaba con su guitarra a desgranar composiciones del cancionero popular.

Su prédica libre y liberadora le ganó la exclusión de los altares por parte de la jerarquía eclesiástica local. Una de sus frases revela por qué su discurso no encajaba en los cánones de aquellas mentes atávicas y anquilosadas; decía Lira: «En estos tiempos en que las computadoras tienen virus ¡Los altares también tienen virus!». Son expresiones que una Salta que se cubre de una pátina religiosa como el fariseo del Templo, resultan inadmisibles.

Transitó su ostracismo recibiendo a quienes querían escucharlo en su domicilio o en reuniones en el Orco Huasi, la finca hoy malversada por la Curia, donde predicaba, escuchaba los problemas de los asistentes y orientaba espiritualmente. Jamás ordenó nada a nadie porque sólo marcaba caminos dejando al libre albedrío del consultante la decisión sobre cuál tomar.

Fue un adelantado a su tiempo que supo interpretar el sentido de la advertencia «El Tiempo está cerca» (Ap. 22, 6-21) y por ello preparó a sus discípulos para «El Tiempo oportuno», el «Kayros«, como solía decir. Los miedos y la envidia agazapados en los bolsones de resistencia cultural de esta sociedad no le perdonaron y como le ocurriera al Padre Pío -según reconocía Juan XXIII-, fue aislado. Pero convirtió su soledad en prédica fecunda que dio buenos frutos en muchos salteños.

Su última voluntad fue que su querido terreno del Orco Huasi albergara a sus hermanos sacerdotes y fuera además sitio de reunión comunitaria, de solaz compartiendo la naturaleza, todo a título gratuito. Hoy, esos cerros circundantes no dicen como él decía que ese espacio le reclamaba «¡Pedro, no te vayas!».

Hoy, ese paisaje grita «¡Pedro, volvè!».-

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