Artículos

Y un día no estaremos…

En "La insoportable levedad del ser", el escritor checo, Milan Kundera, plantea dentro de una historia de amor el problema existencial del peso y la consistencia del poder y del alma. Adaptando el argumento al análisis de la ambición que enluta a todo poder nos preguntamos ¿Qué sentido tiene la codicia desbocada de acumular poder y dinero? ¿Qué sentido tiene ese baño de lujuria que desemboca en los desenfrenos carnales a costa de la vida de los que carecen de lo más mínimo? Evidentemente existe entre quienes detentan el poder un vacío existencial que les impide dimensionar la finitud de lo material. Bien dicen que mientras más altura se gana menos oxígeno le llega al cerebro.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- ¿Hasta cuándo un ciudadano puede vivir en un estado permanente de precariedad? Mientras se habla de un mundo sustentable la realidad se deteriora con mayor rapidez y eso no es culpa de las mayorías que aún bajo la República viven sojuzgados por la insensatez de quienes los gobiernan que entienden que el poder es sólo para acumular poder, riquezas y placeres. La historia enseña que esto únicamente se consigue al amparo de la corrupción, pues como bien señalaba Lord Ashton: «El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente».

Cuando el gobernante se corrompe inevitablemente se destruye el pacto social porque se pierde la equidad y allí nomás el precepto griego de la isonomía (igualdad) que recepta por ejemplo nuestra Constitución Nacional en su Artículo 16 se anula de facto y la democracia se convierte en una utopía.

No sólo eso, sino que además para conservar el poder absoluto el gobernante cae en el delito al reducir a la servidumbre a los ciudadanos que pierden tal categoría para convertirse en súbditos. El impuesto, base del pacto social pensado para el progreso del pueblo se convierte en la caja que financia los excesos del gobernante y entonces la República se reduce al tamaño de un feudo donde los que gobiernan viven en el lujo y los palurdos trabajan para mantenérselos. Esta fue la causa de la Revolución Francesa cuando el pueblo cansado de vivir en la pobreza reacciono cortando las cabezas de quienes lo sometían.

El poder es altura y como toda altura reduce el oxígeno y altera el cerebro, los gobernantes ya cebados por esa ambición pierden el sentido de la realidad y hasta alucinan: «Todo está bien», «¿De qué se quejan?», «Los que protestan son subversivos» y el diálogo es reemplazado por la represión generando la más indigna de las contiendas, aquella de pobres contra pobres.

La acumulación de poder y dinero llevan -por esa falta de oxígeno- a cubrirse de una sensación de impunidad; de hecho, la impunidad es un requisito necesario para conservar el poder y la impunidad se paga con dinero, una fórmula que necesariamente desemboca en una corrida de corrupción que de no detenerse se vuelve incontenible. De hecho, nunca se detiene.

Uno de los factores que favorecen la impunidad y la acumulación de poder es la ignorancia, por eso, es necesario destruir el sistema educativo. Un ciudadano sin educación pierde la conciencia de su existencialidad y cambia progreso por asistencialismo. El sueldo depreciado, el bolsón alimentario (con pocos y baratos contenidos) o el plan social se convierten en el mendrugo con que el señor feudal conformaba a sus súbditos. Se instala en esta etapa el abuso del gobernante hacia su pueblo que en su megalomanía llega a sentir que le pertenece.

El argumento de Milan Kundera trabaja sobre la línea del pensamiento de Nietzsche y la incomprensible levedad del «eterno retorno» que aplicada al gobernante se traduciría en que estos pierden el sentido de la dimensión espiritual y perdidos en la bruma de los excesos malinterpretan aquello de Aristóteles en «La Política» cuando sentencia: «Eventos como la Guerra de Troya pueden volver a repetirse» y agrega Kundera: «¡Pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?

Justamente, porque el abuso del poder es demencial ya que la vida desaparece «de una vez y para siempre, no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano».

Entonces ¿Para què ese afàn de acumular poder y dinero a costa de tanto sufrimiento colectivo?

La Democracia no sólo es un sistema de gobierno, antes es una escala de valores donde la Vida, la Libertad, el derecho a la Propiedad Privada, la Salud, la Educación, la Seguridad y toda la lista de derechos universales de los ciudadanos deben respetarse para lograr ese fin último que también enunciaba Aristóteles: «La felicidad de los ciudadanos».

Un ciudadano que no es feliz -mínimamente feliz- con su gobierno altera su sentido de la vida y la caridad desaparece ganada por el sentimiento de individualismo, el «¡Sálvese quien pueda!» gobierna la mente de cada uno y se abre la puerta al caos porque el código de convivencia se destruye.

Por fin, concluiremos que hemos retornado al tiempo del mito, esta vez del mito político de vivir en democracia. Es mentira que hay democracia en las circunstancias actuales cuando el caos gana las calles mostrando a miles de ciudadanos que no son felices. Es mentira que hay democracia cuando hay gobernantes obtusos, incapaces, mediocres. Es mentira que hay democracia cuando gobiernan los consorcios de amigos, cuando las queridas -como en la Francia absolutista- tienen más opinión que un cuerpo legislativo.

Es mentira que hay democracia cuando los jueces son prevaricadores y se levantan la venda para hacerle un guiño al poder. Es mentira que hay democracia cuando la Constitución de a poco se va convirtiendo en letra muerta. Es mentira que hay democracia cuando los rapaces ocupan los cargos públicos y los ciudadanos más capaces son descartados. Ni siquiera son una aristocracia como gobierno de los mejores sino una abyecta oligarquía, una caterva de facinerosos que ultrajan el juramento y se cubren de impunidad para que «Ni Dios ni la Patria los demanden».

¿Para qué esa sed de poder y bienes, de lujuria y dispendio de la cosa pública si más temprano que tarde serán cenizas conservadas en un ataúd de lujo y su recuerdo borrado por el tiempo?

Los hombres no permanecen en la memoria de los pueblos por lo que fueron sino por lo que hicieron. Bien sentencia el responso de los difuntos en aquella frase de Apocalipsis (14,13): «Dice el Espíritu, que descansan de sus labores; y sus obras los siguen. … porque así descansarán de sus trabajos, pues sus obras los acompañan.». ¿Què obras acompañaràn a los depredadores de sus hermanos?

Ya lo dice la sentencia latina: «Sic transit gloria mundi»…Y el evangelista agrega: «El que pueda entender esto, que entienda» (Mt. 11,15).-

Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba