Historia de la Muerte en Salta

Cementerio de la Santa Cruz: Aparecidos, rituales y resurrectos

Con un cadencioso "De noche, a veces...", el recordado César Fermín Perdiguero solía iniciar esos minutos en su micro en la desaparecida LV9 Radio Salta. Allí desgranaba anécdotas de aquellas cosas de la Salta de antes que ya son historia. Los cementerios han sido siempre sitios propicios para actividades paranormales o bien, escenario de perdidos que utilizan las tumbas para practicar invocaciones y tentar contactos con los del Más Allá. Si, de noche, a veces,

SALTA – POR ERNESTO BISCEGLIA.- Hacia 1860, más  o menos, la Ciudad de Salta ofrecía el aspecto de un villorrio que se desperezaba a la civilización. Las cicatrices de la Guerra de la Independencia todavía mostraban cierta frescura sobre todo en materia de resentimientos sociales mientras que algunas ideas propias de la Modernidad pugnaban por instalarse en aquel imaginario colectivo que se enorgullecía de su herencia hispánica tan medieval.

Hasta entonces, los entierros de los difuntos se realizaban en los templos, ya en su interior, ya en sus adyacencias y según también la jerarquía social de los difuntos. Pero la sociedad crecía y los espacios se agotaban, más allá de las razones de higiene que sobrevenían lógicamente.

Así se fundó el Cementerio de la Santa Cruz, para entonces en las lejanías del centro de la Capital. Las familias llamadas «más distinguidas» fueron las primeras en comprar parcelas para edificar sus mausoleos familiares.

El tiempo transcurrió y el crecimiento de la Ciudad Capital terminó abrazando al Cementerio que perdió incluso parte de sus iniciales  hectáreas y con el tiempo los augustos mausoleos también fueron rodeados por las galerías de nichos comunitarios. Nada más democrático que la muerte para igualar clases sociales y dignidades clericales y políticas.

Así, la muerte no se tenía en el vulgo como fenómeno natural, sino que estaba teñido de connotaciones sobrenaturales. El rezo de los responsos y otras ceremonias religiosas tenían un cierto sesgo esotérico para librar al difunto de las llamas del Averno y lograr que en ese momento de tránsito de lo terrenal a lo desconocido sus pecados fueran perdonados, si no por su propio arrepentimiento al menos por las imprecaciones de sus familiares y allegados.

De esta manera el Cementerio de la Santa Cruz que para esos años contaba apenas con unos sesenta o setenta años de existencia tenía una extensión mucho mayor a la que actualmente posee; cuando en 1860 se destinó ese espacio para sepultura de los salteños ocupaba una superficie que iba desde el Portezuelo hasta el río Tinkunaco.
En la actualidad se redujo a sólo diez hectáreas su perímetro.

Lo que el avance de la civilización y aun de la tecnología no pudo superar son las creencias populares y los rituales para ganar favores o hacer daños utilizando el concurso de las almas. Ya en el Primer Libro de Samuel en el Antiguo Testamento, en el Capítulo de «La Bruja de Endor», se advierte sobre la inconveniencia de molestar la tranquilidad de los difuntos, pero a la fecha hay quienes eso les tiene sincuidado.

Es de imaginar que si nada en la arquitectura antigua estaba porque si y todo tenía un significado por estar situado dentro de un camposanto, cuanto más tratándose de quienes utilizan las malas artes esotéricas para lo cual la tierra del cementerio es un poderoso ingrediente.

En efecto, la tierra del cementerio es un ingrediente muy apreciado en muchos hechizos y rituales de varias tradiciones mágicas. También lo son los restos de las velas dejadas en las tumbas así como pertenencias del difunto que se obtienen saqueando las tumbas.

Todo esto que puede parecer tan estremecedor en realidad resulta bastante más común de lo que el lector común puede imaginar. Ahora bien, para utilizar la tierra del cementerio es necesario tener ciertos cuidados. Los iniciados en estas «artes», llamémoslo así, recomiendan no utilizar herramientas sino «rascar» la tierra con las manos y guardarla en los bolsillos.

El que levanta la tierra debe sin embargo, dejar un «regalo» a cambio que puede ser unas monedas o si el difunto era conocido algo que en vida le satisficiera como un cigarro encendido de su marca preferida o una petaca con whisky, por ejemplo.

Ahora bien, el uso de esos elementos puede ser para una «obra de bien» o del mal. De tratarse de lo primero es preferible utilizar algo tomado de la tumba de algún familiar o persona de buena reputación. Para hechizos del mal, se recomienda la tierra de la tumba de algún pecador o criminal conocido.

Antes bien, tampoco es de presentarse y tomar la tierra o lo que sea, es necesario realizar alguna oración antes de profanar el sitio y una vez en el sitio elegido, tocar tres veces y llamar por su nombre de pila al difunto y esperar para proceder a la faena, todo como un signo de respeto al muerto.

En los círculos donde se practica la magia más oscura se refiere a la tierra de cementerio como «polvo negro»; largo sería adentrarse en otros detalles como la fecha propicia y la hora adecuada, generalmente a las 21 horas y de preferencia en noches de luna llena.

De allí que hasta no hace mucho tiempo atrás se constataran ingresos subrepticios por las tapias del fondo del Cementerio de la Santa Cruz, entre esa hora y la medianoche. No resultaba extraño que brujos y brujas se descolgaran no sólo a levantar elementos necesarios sino directamente a practicar los rituales dentro del cementerio.

Así, en más de una ocasión en la mañana siguiente fueron encontradas velas de colores amarradas, los famosos fetiches de muñecos, restos de comida o bebida y otros elementos que el ocultismo utiliza en sus faenas.

Lo mismo ocurre con los «aparecidos», como el caso conocido de un hombre que hacia la hora del cierre es visto transitar desde los fondos por la galería central y salir por el portón de acceso sin que nunca en su diario trajín haya sido visto ingresar.

Un capítulo más detallado merecen las «resurrecciones» comprobadas cuando los dolientes visitaban la tumba de algún fallecido y hallaban el ataúd movido o caído y al abrirlo comprobaban que de que había vuelto a la vida luego de inhumado, hecho que solía ocurrir en tiempos en que la catalepsia no era detectada todavía.

Mucho más profano, pero también real, ha sido constatar el asalto de parejas que al amparo de oscuridad saltaban los muros para desfogar sus temperaturas humorales apareándose en algún mausoleo cuyas puertas no tenían llave.

Todos estos relatos últimos bien nos llevan a pensar que hay razón en decir que «Hay vida más allá de la muerte».

 

 

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