Próceres y Tumbas

Cementerio de la Santa Cruz: La «Juana Figueroa», un femicidio emblemático

Entre los mitos o devociones populares, una muy cercana y que tal vez conocida a retazos por el paso del tiempo pero que se mantiene firme, especialmente entre la gente de los estratos más bajos es el de "La Juana Figueroa", un crimen bárbaro cometido por un marido cegado por los celos.

SALTA – POR ERNESTO BISCEGLIA.- No cuesta mucho imaginar aquella Salta de principios del siglo XX, con sus calles polvorientas, algunas empedradas, todavía con las cicatrices naturales de los cursos de agua que la rodeaban desde su fundación en 1582. Costumbres ancestrales, devociones católicas y prácticas influidas por esa religión que encorsetaban las mentes y los espíritus provocando en ocasiones -como el de Juana- el fallo condenatorio de la sociedad.

Quien escribe estas líneas, por ejemplo, supo desde niño de esta historia por relatos familiares donde, particularmente las mujeres sentenciaban: «La mató el marido por infiel» o el más común «por ponerle los cuernos». Subyace en esos juicios una suerte de condena sobre la mujer y hasta de justificación implícita sobre el hombre: «La mató por p…», decían algunos. Sentimientos que colisionan con la piedad predicada desde los púlpitos.

Estos conceptos que desgranamos se exhuman de las crónicas de la época, de los diarios que dejaron el testimonio del juicio que terminó con la pena de diez años de cárcel para el marido de Juana, a pesar de tratarse de un crimen brutal. En efecto, Isidro Heredia, su marido, tenía antecedentes de violencia doméstica y maltrato hacia Juana.

En el juicio se ventilaron cuestiones como que «Juana era muy fría en la cama, no cumplía con las labores de la casa que correspondían a una mujer, se pasaba tiempo con las comadres tomando mate», como se ve, todas faltas graves para la mentalidad de la época. Incluso en una ocasión se dice que Juana se había ausentado a Buenos Aires gracias a un pasaje de tren conseguido por un ferroviario con quién habría tenido alguna relación «non santa».

En el relato se habla incluso de que el marido hasta habría llegado a internarla en la Casa del Buen Pastor, antiguo establecimiento carcelario femenino atendido por monjas, donde además se tenía a mujeres que «necesitaban ser corregidas» a fin de que aprendieran bien el qué y el cómo debía comportarse una mujer. En el imaginario colectivo las adyacencias de aquel Buen Pastor se conocían como «Villa Bombacha» porque se colgaban a secar al sol estas prendas femeninas.

Estas barbaridades seguramente eran resabios de lo que en los tiempos coloniales y hasta después de la Independencia se llamaron las «Casas de Recogidas», establecimientos donde se colocaba a las mujeres en guarda cuando se divorciaban mientras se sustanciaba el proceso a fin de «salvaguardar su moral». En ocasiones, algunos vecinos notables ofrecían a la Justicia laica y eclesiástica sus hogares para «cuidar» la moral y conducta de estas mujeres, llegando a extremos ridículos (como lo relata Marta de la Cuesta Figueroa en un notable trabajo), en que un señor de apellido Arias solicita al juez ser relevado de la guarda de una mujer a su cargo porque «esta come mucho y resiente el presupuesto familiar».

De resultas que el dicho Heredia, cansado de no poder dominar a su mujer y sospechando alguna infidelidad concluyó que era así cuando una vecina le comentó que «la Juana» había estado toda una tarde en su casa con un hombre. Cegado por la furia, dicen, arremetió contra la infeliz Juana propinándole una paliza y arrastrándola por los cabellos hasta dar con un hierro en el camino con el que le descargó brutales golpes en la cara «reventándole el cráneo». Luego, fue a desechar el cuerpo.

Pasarían varios días antes de que unos niños -hijos de encargado del cementerio- al ir a jugar entre los yuyales percibieron un olor nauseabundo descubriendo el cadáver que «Tenía el rostro desfigurado por los golpes, pero aún llevaba puestos su vestido negro y zapatos de charol. Su cabellera oscura, larga y ensangrentada escondía dos horquillas grandes y doradas con las que la joven solía ajustar un rodete para cerrar el bello peinado que la caracterizaba. Junto al cadáver, el arma homicida: una vara de hierro.» (La Naciòn-03-05-2019).

Lo demás fue lo de práctica, llamar a la policía, una investigación que se orientó hacia su marido, el juicio y la sentencia.

El Mito

Las circunstancias en que murió Juana Figueroa generaron un sentimiento popular que se tradujo en una devoción que durante largas décadas estuvo representada por una casita puesta a la vera del canal de la Avenida Hipólito Yrigoyen, en el ingreso al Cementerio de la Santa Cruz, un sitio de peregrinación de todos aquellos que iban a pedir una gracia sellando ese momento encendiendo una vela. La grutita rememoraba el lugar donde fue encontrado el cadáver, es decir, las cercanías donde por entonces se encontraba el «Puente Blanco». Esa devoción reconoce en Ernesto Maciel, ya fallecido, su autor, constructor y eterno cuidador de esos sucesivos santuarios.

Más tarde, se construyó otra más grande hasta que finalmente se trasladó el lugar hacia las cercanías de la Terminal de Ómnibus de Salta.

El poeta Juan Carlos Dávalos dice sobre este tema que: “¿Por qué venera el bajo pueblo su memoria? Porque fué—dice,—una santa mártir. Y es que el delito de adulterio no existe en la promiscuidad monstruosa de la chusma”. (Cfr. Página 12; «La Juana Figueroa: una mirada sobre el mito popular en clave de género» por Facundo Sinatra Soukoyan). (Foto: Antiguo emplazamiento de la grutita)

El Cementerio de la Santa Cruz

Los restos de Juana Figueroa reposan en un sitio ubicado casi al fondo del Cementerio local, ingresando por la calle principal, pasando el inmenso Mausoleo del Centro Argentino, allí detrás hacia la derecha, un túmulo blanco, pintado a la cal, que denuncia el abandono de los tiempos indica el sitio de la sepultura.

El sitio denuncia el abandono material pero también la vigencia de un mito popular que se expresa en las plaquetas de agradecimiento por algún favor concedido, un juguete, algunas flores marchitas o de plástico, muestra fehaciente de que «La Juana Figueroa» continúa estando en la memoria popular.

El sitio está en un lugar alejado, solitario… como quizás fue su vida.-

 

Agradecimientos

Señor Director de Cementerios: Julio Villafañe

Señor: Mario Cruz

Fotografía: Gustavo Tapia.

 

 

 

 

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