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¡Roberto, volvé…!

En la fecha se cumple otro aniversario de la desaparición física de Roberto Romero, empresario, político y ex gobernador de la provincia de Salta. A tres décadas de su partida su figura todavía se mantiene viva en el corazón popular, condición que sólo alcanzan aquellos que supieron encarnar las aspiraciones de los más necesitados.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.– Para decirlo de un modo vulgar “aunque se rasquen con un marlo”, la figura de Roberto Romero continúa vigente en el imaginario colectivo de las clases más humildes y aún dentro de la clase política de Salta. Ya en los barrios como en los mentideros políticos su nombre continúa siendo punto de referencia a la hora de merituar algunos aspectos sociales, económicos o políticos.

 

El nombre de Roberto Romero ha signado en Salta el último cuarto del siglo XX y se ha proyectado sobre el siguiente cuarto del XXI. En el escenario de las clases más postergadas, Don Roberto, representa todas las luchas y aspiraciones contenidas por aquellos que desde abajo se esfuerzan por subir algunos escalones más. Porque RR irrumpe en la historia de Salta desplazando a la clase conservadora que mantenía su posición de poder según el modelo agroganadero convirtiéndose en la expresión y sinónimo del progreso.

 

Es que representaba también la síntesis de las aspiraciones de la burguesía –comerciantes y empresarios- que venían a cambiar el patrón tierra como medida de la riqueza y el acceso al poder.

 

No fue un improvisado en materia política sino que se preparó para gobernar adelantándose a los hechos y formando el primer centro de estudios incluso antes de librar la interna partidaria. Desde allí se formularon los planes para la economía, la producción, la obra pública, el desarrollo de caminos, la construcción de viviendas y atendió a los problemas de la educación desarrollando fundamentalmente un plan de salud que resultó modelo en su tiempo, porque en palabras suyas “La salud no puede ser un privilegio del dinero”.

 

En el periodismo RR se adelantó a todos los diarios de la región trayendo el sistema Offset y fundando el primer canal de televisión superando la visión conservadora al mirar hacia el mundo más adelantado para traer esas ideas a Salta, de esa manera El Tribuno llegó a contarse entre los cinco diarios más importantes del país y el Grupo Horizontes resultó una nave insignia en el norte argentino.

 

Tuvo esa capacidad diferenciada –se diría hoy- que fue la de superar al empresario o al gobernador y ser un líder en el más amplio aspecto del término convirtiéndose en una suerte de mito en la consideración popular.

 

Por supuesto que hay que medir a Romero con los parámetros de aquel momento, cuando el país y la provincia dejaban atrás el oscuro periodo de la Dictadura y la democracia se reorganizaba. Eran tiempos de hacha y tiza, de militancia recia donde había que medirse con peronistas y radicales de fuste, fogueados en las internas partidarias y sobrevivientes de los años de plomo. Eran épocas donde detrás de cada voto había un militante, y allí se entreveraron verdes, amarillos y colorados y él con astucia, con fuerza, con ejercicio de poder ganó todas las instancias llegando a la gobernación.

 

Aunque de origen radical supo interpretar la filosofía del peronismo volcándose a la militancia en este sector y logrando vencer a todo el peronismo histórico de Salta. Cuando hubo de medirse con Carlos Caro que contó con el apoyo de referentes de la talla de Antonio Cafiero y Deolindo Felipe Bittel, se impuso ante todos los sectores y colores.

 

Ya entonces Salta era una provincia postergada en el concierto nacional y había que ponerla de pie y comprendió que un líder solo no es nadie, de hecho, no es un líder. Y formó un gabinete convocando a los representantes de cada sector adelantándose también a lo que veinte o treinta años más tarde se impondría como praxis con la gestión asociada y la integración de lo público con lo privado.

 

Comprendió que Salta necesitaba un salto cualitativo y propuso “ideas locas” para la época y para una sociedad pacata y conservadora como aquella Salta que todavía hoy tiene aspiraciones de ciudad moderna pero no puede superar su trauma de aldea medieval.  Mientras asumía su gobierno, abajo en la Plaza 9 de Julio, aquella mañana, sectores de la Curia vaticinaban poco menos que el Apocalipsis con los ministros que proponía, y sin embargo, a pesar de tener en frente a un Arzobispo del nivel y el fuste de Monseñor Carlos Mariano Pérez Eslava, terminó poniendo un colegio secundario en el propio nido de la Universidad Católica de Salta: el Scalabrini Ortiz.

 

Habló de un “Tren elevado” que uniera los barrios del sur con la UCS y espantados dijeron que “quiere convertir a Salta en Disneylandia”, cuando la idea la había copiado precisamente del Epcop Center. Hoy, más de uno reconoce qué falta le haría a la Capital un medio de transporte así. Pensó el turismo como potencial industria y colocó en el Cerro San Bernardo el Teleférico, también criticado porque “va a afear a nuestro Cerro que está para colocar la Estrella de Navidad” y en el presente se ejecutará una ampliación del trayecto del Teleférico. Montó en tiempo récord el primer estadio “Del Milagro” –el Delmi-, también criticado por ser “un cubo de cemento” que no se ceñía a la aristocrática decoración ítalo-hispánica, pero terminó convirtiéndose en el epicentro de los deportes y los espectáculos internacionales.

 

Su famosa frase “No quiero ser el muerto más rico del cementerio” encontró razón en las realizaciones sociales postergadas durante más de dos décadas por gobiernos conservadores y militares y así aparecieron barrios como el Intersindical y El Tribuno producto de su gestión privada y mucho antes de ser gobernador. Durante su gobierno se multiplicaron los centros de salud potenciando la atención primaria, las escuelas, los playones deportivos y cuando una aventura pseudo golpista pareció amenazar a la democracia no le tembló el pulso para decir que si gobierno nacional caía, la provincia de Salta se segregaría de la Nación. No era poca cosa esa advertencia.

 

Es que Roberto Romero pensó a la provincia en los términos de su ubicación geopolítica estratégica, en sí, por sí y para sí; de esa manera cuando la economía nacional tambaleaba creó el Bono de Cancelación de Deuda, una medida criticada a todo nivel pero que finalmente fue aceptada y se arraigó en las manos de los salteños que transcurrieron una economía más tranquila que el resto del país. De hecho, otras provincias seguirían luego este camino.

 

No tiene caso repasar lo que la historia y la evidencia edilicia muestran, es interesante detenerse en el hombre y en el liderazgo que supo encarnar, sobre todo destacando que llegó al gobierno rico y empresario a diferencia de otros que llegaron con su sólo trajecito –a veces prestado- y salieron, sí, de la función pública convertidos en prósperos empresarios. Pero si un carácter mide la altura política de Roberto Romero es su defensa irrestricta de los más pobres porque entendía sus pesares porque él mismo provenía desde allí. Fue el hombre que se peleaba con los de su tamaño pero trataba de bajar mejoras a los más humildes.

 

La “Historia es maestra de la Vida”, señalaba Cicerón, por eso no mucho aportaremos garrapateando líneas sobre una figura que como diría Félix Luna de Don Hipólito Yrigoyen, “ese argentino perenne”, de Roberto Romero podemos decir parafraseándolo que es “ese salteño perenne”, porque tuvo la virtud de los hombres que superan la medida de su tiempo, ora vituperados, ora admirados pero jamás olvidados o indiferentes para sus contemporáneos y venideros.

 

Más allá de todas las consideraciones que puedan hacerse sobre la figura de Roberto Romero queda la enseñanza para la clase política de que él dio la talla del estadista porque hizo realidad aquello atribuido a Otto von Bismack y repetido por Winston Churcill: “El estadista piensa en las futuras generaciones, el político sólo piensa en las próximas elecciones”.-

 

 

 

 

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