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De porqué la Justicia debe prevalecer ante la política y porqué el Juez es más importante que el político

Uno de los fundamentos del Estado liberal de Derecho es la búsqueda de la Justicia. El respeto a la división de poderes debe ser irrestricto. En la Argentina ese postulado tiene un grado más de responsabilidad cuando se le incorpora a la tarea política como fin último la “Justicia Social”. ¿Cómo entonces un presidente “peronista” puede atacar a la Majestad de la Justicia?

ARGENTINA-SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- Desde los tiempos más remotos de la humanidad la búsqueda de la Justicia ha sido una de las preocupaciones –sino la más importante- de los pueblos. Desde la primitiva Ley del Talión, pasando por el Código de Hamurabi y la Ley de las XII Tablas que contenía normas para regular la convivencia del pueblo romano, fundadores del Derecho, y desde allí hasta las modernas legislaciones, son miles de años en búsqueda de mejorar y consolidar el ideal de Justicia en la sociedad. Incluso, podríamos decir que se trata de una inspiración divina ya que el encuentro entre Moisés y Dios fue para entregarle los Diez Mandamientos (Deut. 5, 6-21) como presupuesto básico de convivencia entre los humanos y de éstos con Él.

 

De manera que podríamos ya en este punto predicar de la importancia de la Justicia frente a la política, pues Moisés era un líder popular, un político en todo el sentido de la palabra y sin embargo halló su marco de contención en el encuentro del Monte Sinaí y posteriormente estatuyó los principios morales y éticos que regularían la vida de los judíos en la Ley mosaica. Luego, vemos cómo la Ley supera a la política.

 

Un capítulo interesante para meditar esta supremacía de la Justicia sobre la política lo brinda el Libro Primero de Reyes, cuando Salomón es ungido rey por el Señor quien le otorga pedirle el deseo que quisiera. Salomón pudo entonces pedir éxito, riquezas, aplastar a sus enemigos, lo que quisiera. Sin embargo, le pide al Señor: “Dame un corazón comprensivo para que pueda gobernar bien a tu pueblo, y sepa la diferencia entre el bien y el mal.” (I Ry. 3-9).  Se fragua allí ese principio de prevalencia de la Justicia.

 

De allí que –si bien es teoría porque en la práctica no sucede-, todo hombre político debiera tener como regla la Fe, como fin último la búsqueda de la Justicia y la Justicia Social y por supuesto el éxito político sin el cual en ese terreno nada existe.

 

Ya lo enseñaba el Maestro Aristóteles que el fin último del Estado era “la búsqueda de la felicidad de los ciudadanos”. Esa felicidad no existe sin Justicia plena.

 

Si concluimos en que esto es así, habremos de considerar entonces al Juez como el instrumento de esa Justicia y si el político la respeta, ergo, el Juez debe ser respetado por la política en tanto sus fallos son garantes de la paz social.

 

El Dr. San Agustín es muy claro en este sentido y señala que “La Justicia es superior al Estado mismo” y éste es un requisito sine quanon para todo gobernante pues en el uso del “Imperium” que el político hace cuando se aparta de lo justo cae en la delincuencia.

 

El emérito Benedicto XVI señaló en el Parlamento europeo que “La  política debe ser un impulso de Justicia y por lo tanto la condición básica para la paz.” Y agregó que “El éxito (político) está subordinado al criterio de la Justicia, a la voluntad de la Justicia y a la comprensión de la Justicia”.

 

En estos días vemos con preocupación y tristeza cómo nada menos que el presidente de la Nación arremete por cuestiones políticas contra la Corte Suprema de Justicia y más allá de los intereses espurios que defienda resalta la gravedad institucional de quebrar el equilibrio de la división de Poderes sobre la cual se asienta todo el Sistema Republicano. Se violenta así a la Democracia en la base porque la Justicia es el contrapeso –la plomada- que equilibra a los Poderes del Estado.

 

Esta actitud no sólo es grave institucionalmente sino socialmente peligrosa porque se pretende imponer a la política sobre la Justicia en un verdadero rapto de malignidad y en una actitud facciosa propia de los dictadores y los autócratas absolutistas: “L’etat c’est moi” –El Estado soy yo-, como se le adjudica haber pronunciado a Luis XIV.

 

Una política sana es una política justa. Quien ingresa a la política debe hacerlo inspirado sobre todo en la Gracia que proviene de la Fe porque eso le otorga el marco ético y moral de actuación. Pero también debe hacerlo en el respeto al Juez, quien no debe ser venal y vender su Majestad a las conveniencias personales y de grupo de poder, obviamente.

 

Si desde la política no se respeta a la Justicia, entonces –como diría el citado San Agustín- procederá preguntarse: “Si eliminas a la Justicia ¿Qué distinguirá al Estado de una banda de bandidos?

 

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