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Ensayo breve: Benedicto XVI, el Papa que abrió el Último Sello

La experiencia histórica del paso de Benedicto XVI por el Trono de Pedro es singular. De ser el estricto guardián de la Fe como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe –el moderno nombre de la “Santa” Inquisición-, a protagonizar el hecho revolucionario de renunciar al ministerio petrino, algo desconocido en 500 años. Su muerte abre más interrogantes sobre el futuro de la Iglesia Católica y del orbe todo.

ARGENTINA-SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- Son momentos graves para la humanidad donde el símbolo se confunde con el signo de los Tiempos. Los simples relativizan quizás estas imágenes porque la enorme mayoría no está iniciada ni tiene el escalpelo en ristre para diseccionar la realidad desde la escatología y entonces todo se confunde con fantasía.

 

Sin embargo, el estudio de la historia a la luz de las profecías evangélicas (no de las chucherías pseudo esotéricas) sustenta en gran medida que lo dicho con lo hecho encuentran correspondencia y se justifican con aquellas palabras de Jesús: ¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¡más las señales de los tiempos no podéis! (Mt. 16,3).

 

Sin duda que Benedicto XVI fue un Papa profético. En 1968, en una conferencia que titulara “¿Bajo qué aspecto se presentará la Iglesia en el año 2000?”, el entonces teólogo, Joseph Ratzinger, afirmaba que: “La Iglesia del futuro tendría que olvidarse de los aspectos políticos para centrarse en lo espiritual” y agregaba: “Tendrá que dejar que filtrear con la izquierda y la derecha”. Será aquella pues, una “La Iglesia que se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión”.

 

No son palabras menores, sobre todo, cuando en nuestra pequeña comunidad de Salta vemos este símbolo que certifica aquel signo; una Iglesia Católica con templos cada vez más vacíos, con vocaciones alicaídas, transida por el escándalo que protagoniza su pastor mayor, las felonías y aberraciones sexuales de no pocos clérigos que ocultan bajo el subterfugio del “secreto pontificio”. Una Iglesia donde el amor y la caridad han sido batidos por la codicia de dinero y de poder, donde se manipula a la Justicia con causas armadas, donde se utilizan las Instituciones educativas confesionales para merituar premios y castigos según el orden de genuflexión que se tenga frente a la Curia. Donde la “Paz y el Bien” han sido destrozados por la división y la corrupción más amarga.

 

“La Iglesia del futuro tendrá que olvidarse de los aspectos políticos para centrarse en lo espiritual”, dice Ratzinger. Vivimos los coletazos finales de aquel cimbronazo que significó el Concilio Vaticano II cuyo signo sapiencial se mantuvo subyacente a pesar de las maniobras de los preconciliares de la derecha rancia y las organizaciones filo-mafiosas como el Opus Dei y las Órdenes de cuño medieval. Pero la Verdad que es Luz atraviesa las grietas e ilumina.

 

Toda esa cáscara corrupta, esa pátina de hipocresía y el maquillaje de lupanar con que suelen travestirse los usurpadores de la Verdad, los mercaderes de los templos, ha comenzado a caer. Esta Iglesia Católica se desmorona en Salta y en el mundo. Es el ciclo natural de la vida donde los organismos vivos mueren para dar nueva génesis como ya lo profetizó Ratzinger

 

Nos, hemos predicado tantas veces sobre la necesidad de abandonar las formas eclesiales que conservan el modo del sacerdocio levítico con la dureza mosaica que Jesús vino a reformar con el Mandamiento del Amor (Jn. 15, 12-17). Encontramos que Ratzinger se hallaba en esa misma sintonía, de volver a exhumar el Espíritu de la primera comunidad cristiana donde se haría: “más fecunda por la nueva fuerza de su interioridad que, a través de los grandes movimientos de laicos y en las numerosas y nuevas fundaciones de órdenes”.

 

Esa interioridad nos hace desconfiar de las grandes manifestaciones de fe. Las procesiones y concentraciones multitudinarias que resultan presa fácil de las manipulaciones de pocos y contribuyen al peligro de falsos mesianismos. Todas las manifestaciones del Padre han sido en la intimidad –como lo dice Ratzinger-; la Anunciación, la Resurrección, el Pentecostés, los anuncios de la Madre María (Bernardette Sovirou, Fátima, Guadalupe, etc.). No abrimos juicio sobre quienes creen en las multitudes porque el “Espíritu es libre y sopla donde quiere” (Jn. 3,8-21), pero creemos firmemente en el diálogo intimista entre el Creador y la creatura.

 

Con ser el Papa 122 de las profecías, el Papa Francisco dista de ser el umbral de Pedro el Romano, el último Papa. El pontificado del argentino resultó una gestión anodina, vulgar, salpicada de espasmos ideológicos que redujeron al Vaticano a una unidad básica. Pensamos que no tiene incidencia alguna en el tránsito de la historia porque el vero Papa desde la espiritualidad continuaba siendo Benedicto XVI. Hoy comprendemos ese signo.

 

Lo del “Último Sello” de nuestro título es una metáfora, sin duda. Sólo “El Viviente”, según relata Juan en el Libro de la Revelación puede abrirlos, pero la presencia de Ratzinger y ahora más su ausencia, abren los interrogantes más profundos porque ocurren estos hechos en un tiempo donde la “Caída de los reinos”, anunciadas desde el Libro de los Reyes y en adelante se comprueba. Los imperios de la Tierra están hundiéndose y tratan de conservar su hegemonía sobre la vida y el sufrimiento de millones. La Iglesia Católica como último reino terrenal, monárquico y absoluto, también comparte esa suerte y sus bases se agrietan. Pero a diferencia de los otros reinos, no para fenecer sino para fructificar.

 

Al final, Benedicto XVI tenía razón.

 

 “El que quiera entender esto que lo entienda” (Mateo 19, 12).-

 

 

 

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