Historia de la Muerte en Salta

Orígenes de los Cementerios: Una lucha religiosa y administrativa en beneficio de la salud pública

SALTA – ARGENTINA- POR ERNESTO BISCEGLIA.- En nota anterior se explicó que durante la colonia los entierros tenían lugar en los templos católicos y según el rango social era la calidad del oficio religioso. Para 1700, la Ciudad de Salta era muy joven y todavía se desperezaba de los tiempos iniciales, estaba en plena formación y el ejido urbano estaba reducido a los límites naturales así que los templos existentes ya satisfacían la demanda como sitios de enterratorios.

En ese mismo tiempo, en España, la cuestión del enterramiento en el interior de los templos ya era un tema planteado tanto por la Iglesia como por el Estado y para 1784 el rey Carlos III decidió prohibir que los cuerpos fueran depositados en los templos. La medida, sin embargo, no sería de aplicación inmediata y demoraría hasta la primera década del 1800 en ponerse en vigencia sobre todo por razones de costos y porque los fieles no veían con buenos ojos esto de colocar los cuerpos de los seres queridos difuntos en otro lugar que no fueran los terrenos parroquiales.

La razón que llevó a prohibir las inhumaciones en los templos tuvo básicamente el cuidar un principio de higiene pública, más en un tiempo donde las epidemias asolaban a los poblados. De allí que durante el siglo XVIII se diera auge a la implementación de políticas públicas referidas a la salud ambiental como la construcción de alcantarillas, recolección de residuos y otras.

Pero la situación de los cadáveres se hacía más compleja teniendo noticias de quejas  por el “hedor intolerable” que se percibía en las parroquias a causa de la cantidad de fallecidos enterrados allí.

Así, el 3 de agosto de 1784 una real orden dictada por el soberano Carlos III dispuso que los cuerpos no se enterraran más en las iglesias. La medida estaba inspirada en una similar asumida en Francia en 1776. A partir de la disposición del rey español sólo los “prelados, patronos y personas del estamento religioso, podían ser inhumados en los templos.

Se habilitan los primeros cementerios

De esa época procede la construcción de cementerios alejados de las poblaciones “en sitios entilados y distantes de las casas de los vecinos”. No obstante, hasta el inicio del 1800 no se verificaron cementerios extramuros debido sobre todo a razones de economía.

En el camino los obispos hubieron de hacer grandes esfuerzos para los curas párrocos se alinearan con esta nueva medida ya que la tradición católica era tan acendrada en los fieles que se negaban a dejar a sus difuntos en otro lugar que no fueran las parroquias alrededor de las cuales habían vivido.

El sucesor, Carlos IV, en 1799, volvía sobre la importancia de dar curso al asunto de los cementerios según los términos de su “Augusto Padre en la Real Cédula del 3 de abril de 1787”. Se llegó al año 1804  En 1804 en que estas Ordenanzas reales fueron transmitidas a los Cabildos para que apuraran los enterratorios extramuros dados  «los funestos efectos que ha producido siempre el abuso de enterrar los cadáveres en las Iglesias” dado que de ello derivaban “enfermedades malignas, que han experimentado un lastimoso estrago».

Se trataba de remediar  «los males que había causado ya el ayre infestado de las Iglesias», además de que la pompa funeraria también se veía afectada por la urgencia con que debían hacerse estas inhumaciones.

De manera que la construcción de los cementerios no sólo debía hacerse fuera de los recintos habitados sino que además debía preverse  que fueran localizados en lugares altos, alejados del vecindario y sin filtración de aguas.

Se trataba además de cuidar los templos que como casas de recogimiento y veneración a Dios se veían convertidos en “depósitos de podredumbre y corrupción» además de invitaciones a perpetrar profanaciones.

La estética de los enterratorios también estuvo en la preocupación de aquellos

 

En cuanto a la disposición física de los cementerios, «y para quitar el horror que pudiera ocasionar la reunión de tantos cadáveres, se procurará plantar árboles propios de aquel sitio, que sirvan de adorno con su frondosidad». En el caso de la ciudad de Valencia, Company afirmaba que «como este territorio está tan poblado, que hasta dos leguas de la Ciudad es continuo el vecindario, no es posible construir en despoblado el cementerio», por lo que había de precaverse a los vecinos inmediatos sobre cualquier corrupción y contagio, disponiéndose que en el futuro «.ve edificará otro si fuese necesario para conservar la pureza de los ayres». Esta medida supuso la desaparición de los cementerios de las parroquias de san Lorenzo, san Juan del Mercado, santa Catalina y san Martín, y del convento de san Francisco. Construidos de este modo los cementerios, «lejos de retraer á las Almas justas de aquel lugar sagrado, excitarán su devoción á visitarlos, y ofrecer en ellos sus votos á Dios nuestro

Señor por los Difuntos, que descansan allí en paz, como lo hacían los Cristianos de la primitiva Iglesia en las Catacumbas de los Mártires». En ellos «á un golpe de vista encontrarán lecciones saludables para despreciar lo vano, fantástico é ilusorio de este mundo, y aspirar solo á los bienes eternos». Por último el prelado encargaba a los párrocos que procurasen hacer «ver á sus respectivos Feligreses las utilidades que resultará á el Público de estos establecimientos pios…»1

En 1787, Carlos III a través de una Real Cédula ordenó que debían abolirse, tanto en España como en sus colonias, las áreas de enterramiento, que se localizaban en iglesias y conventos, trasladándose fuera del ámbito urbano.

La aplicación de esta orden se dilató en Salta hasta mediados del siglo XIX, tanto por limitaciones presupuestarias como por resistencias de los feligreses para ser enterrados fuera del ámbito de los templos.

Recién en octubre de 1856, durante el gobierno de Dionisio Puch, se anunció la solemne bendición del panteón con el nombre Cementerio Cristiano de la Cruz.

El mismo fue construido sobre planos del arquitecto e ingeniero Felipe Bertrés, (entrada y salida) concebido como una verdadera ciudad, con calles, cuadras, plazas y diferentes construcciones. El nombre que lleva actualmente, Cementerio de la Santa Cruz, fue reglamentado en 1965.

La Capilla del Panteón fue habilitada al público en 1869; construida por Noé Macchi. El altar de la capilla del Cementerio estuvo a cargo del Sr. Emilio Cattaneo.

 

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